Crisis del primer empleo, la punta del iceberg

 

Por Amanda Quintero (@amanadaisabel87)

Tuve la dicha y la desgracia de darme cuenta tarde de lo que quería estudiar. Cojonuda como soy mandé tres años de carrera al cipote y me fui a estudiar otra cosa, en ese momento pensé que había visto la luz «ingeniería no es la tapa del frasco».

Y fue importante, debo admitirlo, pero luego me topé con una escalofriante espiral de descubrimientos; una de esas que despiertan tu curiosidad compulsiva a pesar de producirte profundas y recursivas tristezas: la crisis de carreras en Venezuela.

No tengo números, así que si quieren leer tendrán que creer en lo que les cuente, y quizá de esa manera alguien con poder de competencia se topará con este artículo y llegará a una investigación más dura, pero sobre todo, una que llegue a una solución real.

Una vez que me di cuenta que no tenía ningún interés en ninguna de mis clases –tal y como suele pasar con es@ pan@ que eternamente te coquetea y sólo produce una mezcla de lástima e indiferencia-, decidí pedir mi planilla de retiro y llevarla a la oficina de control de estudios. La primera pista de que esto era un problema que iba más de mis narices, mi planilla fue montada sobre una pila de casi dos cuartas de alto. Eso para una universidad pequeña como la UCAB-Montalbán parecía bastante.

Me fui de esa facultad, famosa por su gente desarreglada y sus horarios descabellados, con la idea de que eso de que entraban 200 y se graduaban 30 sólo pasaba ahí, hasta ese entonces para mí el problema era que ingeniería no era para todo el mundo. Poco sabía.

Con el pasar del tiempo me di cuenta de que cambiarse de carrera es un club, sí, tal y como los que se fueron de intercambio después del colegio, los que estuvieron en un MUN, o los que fueron parte de la selección de futbolito: una etiqueta para tu bagaje de vida.

Entonces comienzas a lidiar con toda esta gentecita dos, tres, cuatro –y paremos en este número relativamente decente- más chiquita que tú, fresquecita del colegio. Yo, que me empeño en estudiar algo cuesta arriba, me fue para nada más y nada menos que economía, y lo amé. Pero más allá de eso, comencé a ver exactamente los mismos síntomas que veía en ingeniería: comenzamos 160, para el año siguiente éramos menos de 70 y así sucesivamente. Gente cambiándose de carrera, de universidad, de vida. Sí, no sólo de economía a administración –algo  afín-, sino de ingeniería civil a diseño gráfico, de economía a diseño de modas, y podríamos seguir contando.

Pero lo que me interesó más en el tema era la gente que en su segunda o tercera carrera aun salían mal y sin inmutarse. Para ese entonces tenía un trabajo reporteril y no me quedé tranquila hasta averiguar más. Conversaciones más, conversaciones menos, llegué a una conclusión: demasiada gente está en nuestras universidades sólo porque su status quo se lo exige, porque sus padres no permitirían otra cosa. Y bueno, qué se hace, uno podría pensar que son «cuatro gatos» en esa situación, pero me di cuenta de otro nivel más abajo que ese: el de los que estudiaron eso porque no les gustaba nada más.

Muchos adultos de la generación de mis padres dirían que este es un fenómeno propio de nuestra generación «los eternos inconformes», quizá, pero para mí es un problema que va más allá del aparente desinterés, algo mucho más estructural e irresoluble con una pruebita vocacional en quinto año de bachillerato: la oferta de académica de educación superior está sobreestimada, sobre-poblada, reducida y obsoleta. Sí.

Atreverse a decir todas estas cosas es un peligro, corro el riesgo de ser llamada desde loca hasta insensible, y algún otro libertario que me lea estará sonriendo en estas líneas. Me explico:

¿Sobreestimada? Absolutamente, que me haga mention (@amandaisabel87) al que no le hayan dicho que no le pueden pagar más mientras no tenga el título tal, que no puede seguir escalando porque no ha hecho el diplomado/master/MBA/PhD cual. En Venezuela, como buen país «en vías de desarrollo», veneramos el poder y el carguismo, los títulos y el poder. Por ejemplo ¿alguien me explica por qué le llamamos «doctor» a cualquier abogadito recién graduado?

Sobre-poblada innegablemente y aquí es donde me caen los socialistas que están abriendo cuanta misión/cuasi-universidad pueden son la premisa de que «todos debemos ir a la universidad». ¡Falso! Y no con esto quiero decir que hay gente incapaz, ni mucho menos, pero sí que hay mucha gente que no quiere ir a la universidad, que prefiere 100% un trabajo lucrativo. El detalle está en que, por la razón anterior, estos trabajos son mal pagados, y este es un paradigma con el que se debe enfrentar nuestro país en materia laboral si quiere avanzar en el desarrollo económico. Un título ya no es un certificado de seguro, sino una referencia. (En otro momento desarrollaré este punto haciendo referencia al dónde están estudiando nuestros universitarios)

Reducida, sí. Y aquí es donde está el mayor atraso. Si preguntáramos a los chicos de nuestros colegios qué quieren ser probablemente las respuestas serían: 30% comunicador social,  30% médico, 20%ingeniero, 15% abogado y el 5% las carreras clásicas de gente rara, letras, politología, sociología o economía, y la recién adquirida «estudios liberales»; no más, muy pocos llegan a administración, contaduría y educación como primera opción. ¿Y está mal? ¡No! es enteramente legítimo pero increíblemente limitado, un país no avanza con cinco o diez tipos de profesionales, hay un mundo entero de profesiones ahí afuera. Lo que nos lleva al último punto.

Obsoleta, por más triste que sea lo es. Tenemos un sistema de pensums orientado al conocimiento per sé y no a las competencias, y el mundo competitivo nos está devorando poco a poco. Mientras las universidades del mundo intentan dar a penas una base para que la gente «construya su carrera» sobre eso y continúe estudiando si así lo desea, en Venezuela nos empeñamos en «estudiar una carrera» haciendo alusión de que salimos de la universidad aprendidos. Las palabras son importantes.

Y es por esto que ahora que estoy aún estudiando, pero muchos de mis amigos ya se han graduado de la universidad, que puedo ver que les cuesta conseguir trabajo no sólo porque haya poca oferta laboral, sino porque todos estudiaron lo mismo y hay demasiadamente queriendo los mismos empleos, y además, nadie se atreve a emprender; simplemente no está en los planes, ni en los valores instruidos, de la mayor parte de la juventud venezolana.

¿Ley del primer empleo? Puede ser, pero es un problema estructural que va mucho más atrás y que necesita muchas reformas y de muchas voluntades.

 

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