La Rinconada

Por Amanda Quintero (@amandaisabel87)

Este artículo fue publicado en el “Blog Planta Baja, porque todo comienza por el derecho a elegir”, en 2010

Cuando se vive en un país tan insólito como en el nuestro, aprendemos a hacer los sacrificios más descabellados para evitar que nos roben y si además nos ahorramos un tiempito al evitar las infernales colas de la colapsada Caracas, mucho mejor. Así me definió la señora Teresa su cuota diaria de locura colectiva, durante mi tarde curioseando en la estación de metro La Rinconada.

«Mija, eso es lo que yo llamo un despelote de verdad» Al parecer, durante las horas pico (6:00-7:00 am y 5:30-6:30 pm) esa estación se convierte en la mayor batalla campal alguna vez vista por obtener un preciado puesto -entendiendo que el puesto no necesariamente implica un asiento, sino el derecho de ir, aunque sea con el morral en la cabeza, metiendo la barriga, aplastado contra la puerta del vagón la media hora de trayecto- en el metro. Ahí, si usted alguna vez tuvo dudas sobre el abstracto concepto de darwinismo social, las mismas serán disipadas.

En ese momento (5:30) de la tarde, esperando en la estación El Valle que llegue el tren, la espera de 35 minutos da para que el andén se llene cuan largo es, de esquina esquina, tan denso como se puede. Desde los que optimistamente la música del teléfono a sonar, hasta el vendedor de donas -con todo y bandeja- se impacientan. Tímida, la señora Teresa espera del otro lado del andén, a salvo detrás de la escalera. Me dice que ahí corre menos riesgo de que la empujen cuando el tren abra las puertas, evitando rodar por el piso y ser aplastada indiscriminadamente por la estampida, tal y «como le pasó a una señora el viernes pasado. Imagínate que andaba en vestido y se le vio hasta el alma», cuenta.

Dice que hay dos momentos de histeria claves. Cuando llega el primer tren, que siempre sigue de largo y cuando llega el segundo que es el que abre las puertas. Resulta que esta línea que conecta La Rinconada con el ferrocarril que lleva a Charallave fue abierto estando incompleto -con una sola vía en funcionamiento-. Ambos trenes llegan a una estación, carga uno, luego el otro, ambos arrancan y luego se repite. Por esta razón, a pesar de que entre un día de semana transiten entre 22.000 y 25.000 personas por esa estación, no pueden aumentar el número de trenes.

Luego de tener la suficiente suerte como para entrar, Teresa me dice que lo mejor es ponerse lo más lejano posible de la salida, pues dice que la gente pierde los papeles en el momento de la salida. Yo que he estado en Plaza Venezuela a las 6 de la tarde pensaba que exageraba, pero cuando se empezó a asomar el amarillo del andén, un hombre comenzó a hablar como locutor de carrera de caballos: «Lázaro se está preparando, se encuentra libre la vía. Señores, preparados, en sus marcas, túuuuuuu  -sonó la puerta del metro- ¡PARTIDA!» Yo no podía creer lo que mis ojos veían. Oí a Teresa decir «agárrate y deja que salgan»

Las personas, de todas las edades y géneros, en falda, blue jean o hasta de sombrero, se empujaban, estrujaban, semi-desvestían y golpeaban. Los más fuertes brincaban los muros de las escaleras, para evitarse la cola y caer, sin importar patear a nadie, en el medio de la escalera mecánica en pleno ascenso. Una vez arriba continua la estampida, la gente corre desaforada y hasta se brinca los torniquetes de salida, ya que es más rápido saltarlos como en una carrera de obstáculos que detenerse a que el mismo lo deje pasar.

Teresa, me dice que ha habido gente lesionada y hasta fracturada durante la agresiva transferencia hacia el ferrocarril; que a la gente le escachapan las viandas de  sus almuerzos y que es normal ver pelear de golpes entre hombres exaltados dentro del vagón. Sin embargo, con el metro se ahorra casi dos horas de cola en la Autopista Valle-Coche. Además, evita los frecuentes robos en las camioneticas, por ejemplo a su hija la han robado dos veces en el último mes ahí.

Para mi fue toda una experiencia de una tarde, pero para la señora Teresa y los otros 24.999 pasajeros de La Rinconada esto es el «pan nuestro de cada día». Más opciones de transporte, sí; pero ¿y de calidad de vida?

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