Confiados

Hay un clima tenso de ilusión esperanzada, ese que se respira cuando muchos esperan cambios. Un candidato. De nuevo se pinta el mapa de un solo color y el inconsciente colectivo ya lo da por sentado: llega el fin de una era. Lo escuchas en las palabras de la gente «cuando seamos gobierno», «cuando se haya ido», «cuando…cuando…cuando…». Conocidos comienzan a hacer planes; planes de compras, de inversiones, de futuro. Es bonito ver que la gente confía en una tierra para echar raíces, pero ¿es así de simple? ¿Ya lo dimos por hecho?

La psicología me ha contado que somos seres inminentemente asimétricos en actitudes y decisiones, que solemos ser sobre-optimistas con las cosas que queremos y que nos encanta materializar rápidamente lo que pareciera dar frutos –a veces nos comemos el mango verde por no esperar a que madure; y que prolongamos deshacernos de las malas inversiones con la secreta fe de que pronto mejorarán las cosas. Extraños ciertamente. Y no es que seamos especiales al norte del sur, es que somos así, humanos todos procrastinadores de lo trabajoso, pero ansiosos por acostumbrarnos rápidamente a cosas mejores. Confiados.

Y es en medio de esa visión que me aterra que nos adelantemos a los hechos, que nos hayamos confiado seis meses antes del momento de la verdad de cuáles serán los resultados, no porque no tengamos derecho a soñar sino porque confiados de que el destino está de nuestro lado no haremos mucho para alcanzar la meta. Es así, confiados de que los otros 2.999.999 pre-electores harán el trabajo de conseguir dos votos, más nosotros mismos alargaremos la tarea; confiados de que los jóvenes harán campaña, los mayores se arrinconarán en las esquinas de sus sofás; confiados de que los universitarios irán a cuidar los votos en donde más se necesita, los demás se dedicarán a leer la prensa; confiados de que mucha gente salió a votar, otros –los que hacen la diferencia- se irán a la playa, al río, a la montaña.

 

Y de haber cambio confiaremos que lo que hacía falta era el canje de unos cuantos y no asumiremos la responsabilidad de modificar las prácticas sociales, porque siempre es más fácil culpar a alguien más. Y confiados quienes hayan ganado creerán que 100 mil votos (de diferencia) equivalen a 30 millones, y creerán que sólo es un problema de inflación e inseguridad; que basta con darle platica a los policías y cambiar al presidente del BCV. Rapidito.

Pero resulta que detrás de ese velo de retórica pintoresca, detrás de los antifaces y los dimes y diretes hay un aparato gubernamental podrido, enfermo de ineficiencia y corrupción. El Estado venezolano de hoy es una colcha de retazos pegados con hilo, pega y teipe, una colección de políticas bienintencionadas pero tóxicas para el buen funcionamiento de la administración pública. Son años -y no sólo 13- de políticas, programas, chanchullos y gastos que se llevan a cabo por las razones equivocadas y luego no hay manera de quitarlos porque hay mucha gente involucrada. Tomemos el ejemplo de las pólizas de seguro para los empleados públicos: aquí el Estado reconoce su completa incapacidad de proveer un sistema de salud pública de calidad y por tanto paga pólizas de seguros privados para que sus empleados vayan a clínicas privadas; el gasto es tan grande que impide al Estado hacer las inversiones pertinentes en materia de salud pública y por tanto termina sólo pagando sueldos de médicos y enfermeras. Y eso es sólo un botón, el Estado venezolano está minado de situaciones como ésta y por tanto preñado de ineficiencia e injusticia. No es que el gobierno no tenga dinero para resolver los problemas, es que la administración está corrupta hasta los niveles más profundos, y no hay mecanismos para evaluar de fondo las políticas corrientes que traigan al Estado venezolano al siglo 21.

Pero nos confiamos en que sólo hace falta un cambio de candidato, porque es lo fácil, y dejamos que el resto haga el trabajo, porque es lo cómodo. Y seguimos soñando, confiados, esperando que el próximo que venga sea quien se ocupe de estas cosas, mientras tanto seguimos pensando en ese «cuando…»

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