Parque Central

El complejo urbanístico Parque Central es, para mi sorpresa y la de muchos de mis contemporáneos, un ícono de la arquitectura caraqueña moderna. Confieso que le queda bastante bien aquello de «complejo».

Quien no lo conoce puede acercarse cuando guste, es una sub-urbe despierta las 24 horas del día, sólo hay que ir con los sentidos alerta. Se le entra por el pasillo del medio que consta de dos callecitas sentido Sur-Norte con sendos policías acostados, una parada de moto-taxis y dos líneas de carros libres: la pirata y la cooperativa; un rallado ancho de transeúntes temerarios indiferentes al tráfico caraqueño, ahí los carros obedecen a los peatones. Un perro obeso decora la esquina izquierda con ojos de lamento y una lengua colgante, creo que tiene un ojo ciego.

Debe entrarse por la calle derecha si quiere estacionarse. Se baja por la rampa que cruza a mano derecha hacia el sótano (escalofríos). Siempre he pensado que el sótano de Parque Central –con más de 5 mil puestos de estacionamiento y un piso entero “desaparecido” durante décadas- es el lugar perfecto para filmar una película de terror. Una vez que se consigue un puesto de estacionamiento puede uno levantar la mirada y observar las cosas más espeluznantes: un pantalón ondeante que flota agarrado de una percha guindada de un ventilador industrial; ratas disecadas entre las columnas y los carros abandonados, goteras tan rancias que han cavado surcos amarillentos a su paso. Es increíblemente gris, de color y de energía. Un lugar capaz de despertar los fantasmas del alma de quien merodea por su interior.

Si se sube a la Planta Baja (Nivel Lecuna) y se topará con un centro comercial setentoso. Hay ópticas, ferreterías, bancos, librerías; hay panaderías y galerías de arte, restaurantes y casas de apuestas, hay dos museos, dos automercados, dos lavanderías; hay teléfonos públicos en cada esquina y gente instalada conversando por ellos. Es el Centro Comercial Simón Bolívar (original ¿no?). El piso es de granito gris, las paredes de concreto limpio –aunque ya de limpio no le queda sino el nombre- y los techos son de barras metálicas pintadas de un marrón tabaco horroroso.

Esa fue mi primera impresión cuando llegué a Parque Central con tres maletas y unas llaves viejas.

Recuerdo la mezcla de emoción por empezar la universidad con el desagrado que me producía la famosa obra arquitectónica. Era indudablemente imponente: ocho edificios residenciales con 44 pisos cada uno, dos torres gemelas de 59 pisos cada una, y un aproximado de 12 mil personas pululando día y noche. Aun así estaba descompuesto.

Y con todo esto en mente la tarea era clara: debía aprender a llamarlo casa.

Con cada caminata descubría cosas nuevas, todo era demasiado diferente al lugar de donde venía. Aquí la gente era ruda, de rápido caminar; acá tiraban condones por la ventana y se pegaban a mi balcón; incluso, había un loco con complejo de Esteban que se ponía una chaqueta tricolor y daba discursos frente a mi ventana. Pintoresca escena. Estaba viendo la anarquía ante mis ojos y nadie parecía tener idea de que estaba parado sobre una de las obras ingenieriles más importantes del siglo XX latinoamericano. Un pensamiento despertó en medio de tanta dejadez colectiva: Parque Central es la obra viva que cuenta la historia de la Venezuela de sus últimos tiempos.

La construcción comenzó en 1972 en manos del arquitecto Daniel Fernández-Shaw y los ingenieros Mario Paparoni y Serhiy Holoma como parte del macro-proyecto urbanista del Centro Simón Bolívar. Venezuela estaba en su máximo apogeo económico y se hacía claro que pronto podría adquirir el sustantivo de país desarrollado. Era una obra de dimensiones desconocidas que se mantendría como la más grande de Latinoamérica hasta 2003 cuando fue desplazada por la Torre Mayor en México. Finalmente fue inaugurada en 1983 y se convirtió en una de las mejores inversiones de bienes raíces que cualquiera podría soñar. Mi abuelo no perdió la oportunidad de comprar un apartamento, y sin saberlo estaría definiendo dónde daría yo mis primeros pasos hacia la vida adulta. Poco piensa uno todas las aristas de las decisiones que toma.

Los cuentos que había oído decían que solía ser una tacita de plata, que la gente se acercaba a curiosear la magnífica pieza de arte y que nadie aguantaba dos pedidas para visitar uno de los famosos apartamentos «de dos pisos». Sin embargo, mientras hacía la cola del ascensor con mis maletas y el llavero de Corpoven, no podía dejar de impresionarme del descuido de la edificación: los vidrios rotos, el granito partido; era como ver el rostro envejecido de quien alguna vez fue una mujer hermosa. Tampoco podía dejar de preguntarme cuál era la obsesión de los caraqueños por las colas.

Pero sabía que debía conocerlo, era una pieza histórica a pesar de los pesares. Y lo hice, ¡vaya que recorrí  Parque Central! Entre diligencias y vivir el día a día conocí las mil y un caras que el señor Fernández-Shaw soñó cuando esbozó sus planos. Una de mis favoritas fue la visita al piso 36 de la Torre Oeste. En esos días ya la Torre Este se había quemado, así que su gemela estaba atiborrada de cuanta oficina le cupiera: ministerios, oficinas administrativas de gobierno, centros de reuniones rojas rojitas y demás. Afortunadamente para mi yo-cultural, también estaba la oficina del Condominio, que por alguna extrañeza era parte de la administración pública por pertenecer al ya mencionado Centro Simón Bolívar. Lo recuerdo con distinción: fue un diciembre electoral. Se entraba por un sótano de techo bajo, cuyo piso algún día había sido mármol, y al fondo una mesa de recepción de fórmica marrón decorada con salpicaduras de lo que sobró en otros lados, con lo que cada empleado trajo de su casa para darle un semblante festivo; o al menos eso intentaron. Hice la cola y subí los 36 pisos, y antes de entrar a las oficinas me desvié a la derecha para observar la ventana que daba a San Agustín del Sur; pegué la frente y la nariz al vidrio y pude ver por primera vez lo que había detrás de la montaña (más ranchitos, por supuesto), el contraste entre el Jardín Botánico y Hornos de Cal, y hasta la bola Pepsi en Plaza Venezuela a la altura de mis ojos. Era una vista genial. Enderecé la espalda y con la mano izquierda intenté limpiar la grasita que se había pegado al vidrio, y esa imagen, mi mano sobre el vidrio azul y el barrio de fondo, hizo que viera hacia arriba y hacia abajo sin moverme. Había telarañas en el techo y chicles viejos en las esquinas del piso, y entonces me golpeó: esta era la majestuosidad que buscaban los escultores de la obra, era un edificio soberbio y elegante que decía por todos lados la palabra «progreso». Hoy, más bien, guarda un aire más romántico de belleza decadente.

Parque Central era símbolo de una Venezuela que quiso crecer, que se supo capaz de erigir una pieza de arte que expresara las destrezas ingenieriles de nuestra nación, la disposición a invertir porque había petrodólares para hacerlo, un trabajo que inspirara aires de ambición a quienes lo vieran y vivieran. Pero el tiempo le pasó por encima y la desidia se convirtió en su realidad; el ciclo político se ocuparía de otras cosas y la sub-urbe quedaría a merced de los que estuvieran de paso, sucumbiendo inequívocamente a la conocida tragedia de los comunes, pues, lo que es «de todos» termina no siendo de nadie.

Para mí, Parque Central representa muchas cosas: salir de casa, comenzar la universidad, enfrentarme al contraste social que vive en las entrañas de mi América Latina, pero sobre todo representa un testigo fiel de la ligereza que caracteriza a la política venezolana, que sólo piensa en cortar cintas inaugurales sin preguntarse si aquello será sostenible en el tiempo.

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Un comentario en “Parque Central

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