A propósito del mes de luto, anécdotas y disertaciones

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[Soundtrack sugerido: Crimen – de Gustavo Cerati]

Esa semana el país se había detenido. No en el sentido literal, porque todos estaban en sus actividades, pero nadie podía concentrarse en otra cosa. Ese domingo había elección presidencial y todo-el-mundo, desde el más politiquero hasta el más desentendido, sufría de verborrea politicosa … «¿Tú qué crees? – Yo creo que llevamos chance», «¡Diez millones por el buche! Al comandante nadie lo saca» se escuchaba por doquier. Oficialistas y opositores estaban embriagados de propaganda hasta lo más íntimo de su ser. Todo estaba en juego, un modelo de país enfrentado a otro.

***

Ella era de oposición, siempre lo había sido. Desde que tuvo edad para votar estuvo involucrada con el activismo político de los procesos electorales. Campañas, testigos de votación, exit polls, denuncias, protestas pacíficas… todo había sido marcado en el check-list. Esta vez no podía ser la excepción, así que se le acercó a sus amigos del mundo de la política y les ofreció una mano con la campaña, y así fue como terminó en el equipo de una “Sala de Totalización”. La sala era parte  de la estructura del Comando de Campaña Nacional. Estaba integrada en la cadena del voto, que iba desde la movilización de electores y la protección del voto en urnas, hasta la contabilización (aproximada y en paralelo) de los votos. La sala funcionaba de la siguiente manera: dado que cada mesa electoral debía tener un testigo de oposición, existía en la sala una persona de contacto a quien reportar cualquier irregularidad. La sala permitía centralizar información masiva que permitiera levantar alertas sobre posibles saboteos al proceso electoral. Además,  cuando llegara la hora del cierre de mesas electorales, la mesa centralizaría los resultados para calcular, en paralelo al Consejo Nacional Electoral (CNE), los resultados electorales, ya que, por su marcada preferencia política, se creía que el CNE podía cometer un fraude a favor de la reelección del actual Presidente. Es decir, la sala era una especie de Consejo Electoral Paralelo, reflejo de la desconfianza en el Poder Electoral.

Esa reelección era particularmente indeseada por muchos, entre esos, ella, porque el Comandante había concentrado el Poder Público hasta más no poder, todo en el país era su decisión, igual que en los criticados tiempos del General Gómez quien, se decía, gobernaba al país como si fuese su hacienda. Con ello se producía una serie de abusos cada vez más asfixiantes. El Comandante tenía serios desencuentros con la idea de la libertad individual, de modo que eran comunes las transgresiones a la  propiedad privada  (tierras, casas, empresas). Asimismo, parecía que se fomentara la inseguridad ciudadana, lo que los tenía a todos neutralizados bajo el manto del miedo. No hablamos de hurtos inocuos ni robos con armas blancas, sino mas bien de secuestros, violencia política, violenia policial, homicidios impunes; la calle se había vuelto presa del crimen organizado que actuaba en complicidada o bajo las narices de un cuerpo policial y militar tan gigante como inútil. Nadie tenía que contarle historias, ni mostrarle estadísticas sobre ello, todo lo había vivido y escuchado de primera mano. Ella sabía que no era ninguna percepción como decían los medios oficiales. Y con ello, la mengua de oportunidades de progreso se hacía más evidente.

Por eso no le sorprendió enterarse de que en la sala habría cuatrocientas personas trabajando, y que esa tan solo una de las seis que estarían funcionando el día de las elecciones. Asistió con entusiasmo a los simulacros con la idea de que todo debía salir perfecto el día de las elecciones. Los voluntarios de la sala sabían que tenían un contrincante astuto como un zorro y sin ningún tipo de escrúpulos, de modo que no había margen para el error, todo debía salir perfecto. La sala era una oficina desocupada de gran tamaño que se encontraba en un piso 12 o 13 de un edificio de cristales. Tenía paredes blancas y vitrales azules, y se cubría con una alfombra azul plomo ochentoso. El lugar estaba cubierto con mesones largos, unos veinte o treinta, suficientes como para sentar a 300 conectores. Los mesones estaban cubiertos con manteles negros de tela sintética, de esos típicos de agencia de festejos. En la pared había números de cartulina blanca que identificaban los pasillos y en el espaldar de cada silla estaba la codificación de los puestos en papel contac naranja. Era una logística completa.

Después de un par de meses de preparación y mucho trabajo joven, llegó el momento de la verdad: el día de las elecciones.

Ella se exasperó por un segundo al escuchar que había que estar en la sala a las 2:00 am, pero de inmediato la invadió la adrenalina que acompaña a lo clandestino. Aunque la sala estuviera perfectamente identificada como parte de la estructura del Comando de Campaña, había un aire de secretismo y complicidad que lo hacía más emocionante. Era tal vez el efecto de la política joven, preñada de convicciones y de sueños de cambiar el mundo por un lugar mejor. Ingenuo, casi.

Esa noche nadie pudo dormir. La expectativa era abrumadora, y como decía una cadena de texto que estaba circulando: por primera vez los venezolanos querían que ya llegara el lunes. Todos querían saber el resultado de la elección, pues la campaña ya estaba hecha. Solo quedaba ir a votar y contar las actas, así de simple. Ella no fue la excepción. Tenía toda la semana soñando con mundos bizarros en los que aparecía El Candidato ganando, perdiendo, dando discursos, etc. Antes de acostarse la noche del sábado 6 de Octubre, puso a enfriar una botella de champaña porque, quién sabe, podía ser que ganaran.

A la 1:00 am se levantó, energizada por la idea de pasar todo el día colaborando con proteger el voto, y por qué no, estar cerca de los resultados antes del anuncio oficial. Se puso un jean holgado y unos zapatos de goma, y la franela anaranjada con la que se identificaría al Staff de la sala. La franela le quedaba grande, para variar, así que le hizo un nudo con una colita de pelo para que no pareciera una batola. Agarró su morral, repleto de contingencias y esperó que llegara su amigo a buscarla. Había que buscar a dos personas más antes de dirigirse al lugar.

Caracas a la 1:30 am puede ser un lugar peligroso e incluso transitado, pero ese día no había un alma.

La llegada del equipo logístico al sótano del edificio parecía de película. Los carros entraban con una coordinación milimétrica y se estacionaban con rapidez. En la puerta, el equipo de seguridad les saludaba y orientaba hacia el ascensor, a la vez que avisaba por el radio que iba “otro lote subiendo por la entrada C”. Poco a poco se fue llenando la sala.

A las 4:30 de la mañana comenzaron las llamadas a los testigos a nivel nacional… «Buenos días Sra. G… le habla Andrea Brito del Comando ¿Ya están todos los miembros presentes en el centro?», comenzó sonar al unísono en aquellos pasillos con olor a café. Nunca había entendido por qué este país se abría los centros electorales tan temprano.

La sala se convirtió en un organismo con vida propia. Se escuchaban las conversaciones y el tecleo de las computadoras registrando el contenido de las llamadas. Gente sentada, gente de pie, gesticulando y levantando la voz un tanto demás. El Staff de apoyo llevaba agua, café, desayunos, tarjetas de saldo y hasta cables de poder de lado a lado, a la vez que corrían de lado a lado brindando apoyo técnico a los conectores. Había un parlante con el que un entusiasta animaba la jornada. Era lo más parecido a un trading room del mundo político.

Salió el sol y comenzaron los turnos de votación. Los presentes salían por orden de municipios. Los más lejanos irían primero, los más cercanos irían después. Había que votar rápido y volver para seguir llamando. El proceso de salida de la sala debía ser por otro camino, y requería que todos se cambiaran de camisa y guardaran sus identificaciones. Nadie podía saber afuera que estabas ahí.

Ella se sorprendió gratamente de la cantidad de gente competente que estaba reunida la sala, y de cómo todas esas voluntades concentradas en una sola meta generaba una energía bellísima que les hacía creer que todo era posible. Entre tanto y tanto, bromeaban sobre los planes de trabajo dentro del nuevo gobierno.

Las horas fueron pasando con una llamada de control tras otra, y el cansancio físico se fue haciendo más evidente, pero estaban a punto de recibir un segundo shot de adrenalina puera: a las 6:00 pm llegaba el momento de la verdad, la llamada de totalización. Se dice fácil. Cuando sonó el anuncio por el micrófono y se proyectó en las pantallas la alerta de que comenzaba el conteo de votos, todos lo contemplaron con una ilusión indescriptible, se acabaría la incertidumbre sobre el porvenir del país, y para bien o para mal era la hora de cobrar resultados. Muy dentro de cada uno había un rayito de esperanza que creía que si suficiente gente se había teñido el meñique las cosas podían cambiar.

«Buenas noches, le habla Andrea Brito de nuevo ¿Ya cerró su centro?, ¿Tiene los chorizos de todas sus mesas? – Ok, puede empezar a dictarme mesa por mesa, partido por partido». Y así procedieron los trescientos conectores a cargar los datos en el sistema. Mientras tanto, la voz en el micrófono les recordaba que tambipen lo estaban haciendo los otros cientos de los otros bunker de totalización, y que gracias al trabajo de todos tendrían una estimación bastante aproximada de la realidad en pocas horas. Ella, cansada como estaba, se zampó dos marrones sin azúcar. Ese no era el momento para flaquear.

Y como una montaña rusa que alcanza la cima y luego se suelta en caída libre, sucedió con el ánimo de la sala. A eso de las 7:30 de la noche un silencio agudo se posó en el ambiente. Sin decirlo, lo supieron: había ganado el candidato oficialista, y por paliza. Los dirigentes de la sala fingieron que era tarde y que era hora de ir a casa, pero nadie se comió el cuento. Sacaron a la gente cual dictaba el protocolo regular y aun sin haber terminado el desalojo comenzaron a sonar fuegos artificiales en un edificio aledaño que tenía oficinas del gobierno, y en ese momento supieron que no podían seguir fingiendo demencia. Quienes quedaban se acercaron a un pequeño radio a escuchar a la Rectora del CNE dando los resultados. Ella escuchó muy poco del comunicado. No estaba segura si por la mala calidad de la señal o porque la impresión le había causado sordera selectiva, lo cierto es que habían perdido por 8 puntos, lo que representaba más de un millón de votos de diferencia. Un claro «maldita sea» perforó el silencio, seguido por el desgano del cansancio y la depresión revueltos.

Sin ocultar las caras de derrota, soltaron lo que tenían en las manos y lo dejaron ahí, ya habría otro momento para recoger, pero no ese. Ahí no podían hacer otra cosa que abrazar la derrota y sus abrumadoras consecuencias. Lágrimas rodaban por las mejillas de muchos, no por sentimentalismos electorales, ni pasiones políticas, sino porque aquella derrota significaba su inminente salida del país o el no retorno definitivo de algún ser querido, o las dos, o quién sabe qué más. Ella se tragó su nudo en la garganta y recogió sus cosas en silencio. Esperó a que sus amigos estuviesen listos para irse viendo desde el pasillo los fuegos artificiales que continuaban celebrando la victoria oficialista. Salieron del estacionamiento a oscuras una vez más, pero esta vez presenciaron lo que para ella fue una versión en vivo de las hienas de Scar (en El Rey León). Primero unos vagabundos vestidos de rojo que arrastraban palos y caminaban por el medio de la calle mostrando a los pocos carros que pasaban sus sonrisas desdentadas. Luego pasaron una concentración a las afueras del metro, una caravana de camionetas y una caravana de motos, todos izando banderas del Partido Oficial, escoltados por patrullas de la Guardia Nacional Bolivariana. Los motorizados disparaban al aire, y todo aquello bajo las luces amarillentas de la avenida con nombre de prócer; ella juró escuchar cánticos soviéticos ante aquella escena. La celebración era indiscutiblemente artificial; nadie que viviera por ahí era del tipo de gente que de manera espontanea celebraría a favor del candidato reelegido. La sangre en sus venas hirvió ante tal vista pero era tarde, era momento de llegar a casa y ver qué decía El Candidato en la televisión.

Como era políticamente correcto El Candidato salió públicamente a reconocer la derrota arrasadora que acababa de sufrir, tratando sobre todo de apaciguar los ánimos de quienes morían por gritar fraude. Habló tranquilo, aunque se equivocó –en la opinión de ellas- diciendo que el país no había perdido porque el único vencido era él.  Si bien eso era cierto en el sentido estricto de la elección, no era esa la manera en que lo sentía ella dentro del pecho, quería llorar y no encontraba cómo, porque su subconsciente le decía calmadamente que ella debía saber que esa era una posibilidad, que la derrota no debía haberla tomado por sorpresa.

Y fue así como al día siguiente comenzó su proceso de luto, sí, cuando una campaña se vive con emoción y cuando hay tanto en juego uno tiene derecho a vivir un luto electoral. Ese duelo estaba hambriento de respuestas: ¿por qué había sucedido una cosa como esa?, ¿cómo no había visto venir una derrota tan holgada?, ¿por qué si para ella todo estaba tan mal había tanta gente dispuesta a votar por el otro candidato? No quería llorar ¿para qué? Lo único quería era entender aquella paradoja.

Hubo muchas respuestas inmediatas, más viscerales que sesudas, que acusaban a la mayoría de ignorantes y vendidos que no sabían lo que hacían pero esa no podía ser la respuesta agregada. Quizás sí, algunos pocos habrían vendido su voto por un plato de lentejas y unas monedas de plata, ciertamente otros votaban desde el fanatismo pero no era posible que ocho millones de personas votaran así. No parecía preciso y seguramente habría literatura al respecto.

Afortunadamente se topó en clases con un paper que le dio varias ideas. Su país al igual que el del resto del continente tuvo unas instituciones tempranas profundamente autoritarias debido, entre otras cosas, al tipo de economía que ahí se desarrolló. Llegado el siglo XIX con la ola independentista de las Américas su país adoptó por primera vez el hábito de importar legislaciones y estructuras organizacionales que aplicaban muy bien para la élite poderosa pero que no tenían nada que ver con las masas empobrecidas. Década tras década diferentes grupos se habían peleado por subir al poder para explotar sus beneficios económicos, lo hicieron los “próceres independentistas” igual que lo hicieron los adecos a mediados de siglo XX. Ninguno queriendo descentralizar el poder que es la verdadera base de una democracia. Ella se dio cuenta de que su país adoptó la democracia como quien compra un televisor importado: open, plug and play, sin negociación entre grupos de interés, sin que su significado calara hasta las bases de la sociedad sino simplemente a través del voto. Y así, permaneció hasta hoy.

Una historia política que ella no entendía muy bien y que había escuchado repetir con un distintivo desdén había puesto a ese hombre ahí y él había dado un saludo a la bandera a la democracia y sus instituciones, se había burlado de sus formalismos y había construido un catálogo de las mil y un maneras de salirse con la suya de manera legal. Pero siempre enviando fondos al sector más pobre. Bien fuese vía Misiones o por partidas discrecionales el Comandante se había abocado a entregar recursos a los sectores marginados del país. Él había entendido muy bien el juego de la democracia venezolana: no hay que cumplir con los estándares democráticos del libro de texto porque la mayoría no cree en ellos ni le interesa, lo único que hay que hacer es ganarse al votante mediano, a la mitad más uno de los votos.

Lo que ella y sus amigos no veían esta realidad, criada entre voluntades opositoras y libros que hablaban de derechos políticos ella medía al sistema con su barra de las libertades al hombre, veía cerca el lado oscuro de las expropiaciones de tierras y propiedades, sufría la paranoia de la inseguridad acechante y se entristecía de tener que morderse la lengua por no poder hablar de política en cualquier lado. Ellos (ella y los suyos) vivían bajo el paradigma de un Estado de Derecho establecido para proteger las libertades civiles y mantener el orden, y veía cómo con cada día de gobierno que pasaba este hombre desmontaba el aparato del Estado centralizando el poder, despilfarraba los recursos nacionales desatendiendo las obligaciones adquiridas en términos de bienes públicos (seguridad, vialidad, salud, educación)  y pare usted de contar. Ese hombre la desconocía a ella y a sus necesidades. Su miopía estaba en lo siguiente, ella no era quien importaba para ganar las elecciones.

Ella quería votar por alguien que la representara, porque al final de cuentas nadie compra un proyecto sino un ideal: la idea de que quien te representa tenga expectativas parecidas a las tuyas y pueda tomar decisiones que comulguen con las que tú aportarías si estuvieses en su lugar, eso es lo que uno espera de un representante político. Por eso ella quería votar por un tipo como El Candidato, que había estudiado en la misma universidad que ella y que tenía una idea de Progreso parecida a la suya. El tema estaba en que la demografía no miente y que las décadas –siglos- de descuido a los pobladores más humildes permitían que estrategias tan burdas y pasajeras como las Misiones y toda su filosofía de tarantín fueran más que suficiente. El Comandante hablaba en los mismos códigos, venía del mismo lugar y por tanto para allá era donde dirigía los recursos… qué planificación sostenible ni qué ocho cuartos, el famoso mercado y las instituciones tradicionales ya habían tenido su chance y la única respuesta que había tenido era alienar a un grupo numeroso de la población. Era momento de voltear la tortilla y sólo El Comandante era capaz de proyectar tanto resentimiento guardado en las entrañas. Al Comandante no le interesaban los problemas del otro segmento, siempre lo había dejado en claro y pensar lo contrario era hacerse el sordo… siempre lo había dicho: «al que no le guste que se vaya». Era una verdad avasallante; una verdad incómoda.

No es que su Candidato no se hubiese podido expresar bien, lo hizo, es que tenía una visión de país que no le hacía click a la mitad más uno, porque esa es la democracia de Venezuela, esa y nada más.

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