LA HORA MÁS OSCURA: DESTELLOS DE RESILIENCIA

Protestas Altamira Sur

Tengo días haciendo el ejercicio de tratar de recuperar la cordura.

Desde que febrero comenzó a contar sus días, expresiones como «Caracas Muerde» y «La Ciudad de la Furia» se quedaron cortas, en buena parte porque los días son más largos cuando se cuentan en muertos y heridos, arrestos y liberados, barricadas y guarimbas, allanamientos y manifestantes; esa es una cuenta mucho más intensa porque se vive con angustia e indignación. Además, no es uno capaz de ocuparse de sus labores y dejar que los medios de comunicación le hagan el resumen del día cuando la [auto]censura es la norma. Se hace imperativo depender de nuestros timelines en Twitter, que si bien útiles, se caracterizan por un flujo de contenido masivo, lo cual te obliga a verlo hora a hora. Con tanto atropello documentado, el insomnio hizo gala revolcándose en la podredumbre. Como dijo Padrón:febrero fue el mes más largo.

Pero llegado marzo, y aunque no se haya resuelto ninguno de los problemas que llevaron a este estallido, se respira en el ambiente que entramos en otra etapa, y un síntoma de ello es que el círculo de intelectuales comienza ya no a reportar expresiones literarias de lo que sus sentidos captan, ni reseñas históricas con las que hacer paralelismos, sino que empieza a haber análisis y discusión sobre los hechos corrientes. Por ejemplo, la (muy cool) Librería Lugar Comúnaprovechó con espíritu emprendedor sus boletos de primera fila a los enfrentamientos diarios en Altamira Sur y ha estado convocando una serie de charlas con personajes que van desde Julio Coco hasta Margarita López Maya. Este domingo era el turno del Dr. Elías Pino Iturrieta, así que me entusiasmé a ir pensando en hacer un artículo sobre su exposición.

Parte de la experiencia es el proceso de acercase al sitio. Lugar Común está sobre la Av. Luis Roche, casi en la esquina que cruza con la Av. Francisco de Miranda, hoy –y por varias semanas– hot spot para la protesta guarimbera de Caracas. Desde donde se venga, hay que llegarle a pie, y lo primero que se nota son las trazas de furia. Hay una alfombra de tierra y basura que cubre toda la zona, tanto la acera como la calzada. Yo venía desde más arriba, así que caminé por la Plaza Francia. El hedor es imposible de ignorar: flota un incienso que mezcla basura y gasolina ahumada, salpimentado de gas lacrimógeno que se ha impregnado en todo lo que ahí está; los ojos pican ligeramente y hay que caminar con los pármados entrecerrados para protegerlos de la nube de polvo que el viento levanta a su paso. También hay vidrios y clavos regados por todas partes, y alambres rastreros que guindan de postes y árboles. Los cartuchos de las bombas usadas y perdigones se hacen compañía entre latas y hojas secas en las comisuras de las aceras. Y como si fuera poco, las alcantarillas se yerguen como colmillos del mismísimo infierno, cubiertas de inmundicia y óxido, dispuestas a morder a quien se acerque con una buena dosis de veneno de Tétanos. El grafiti –ese genuino hijo de la urbe– ha tatuado el concreto disponible, y pancartas de tela decoran con insolencia los marchitos árboles del sur de la plaza. Es innegable que el desgaste trascendió el alcance de unos hidro-jets y un par de cuñetes de pintura.

Finalmente llegué a la librería, solo para sorprenderme de lo llena que estaba. Nunca había visto una librería tan llena, había gente entre los pasillos, sentada en las sillitas del café de la parte trasera, incluso recostada de las estanterías, todos –como yo– en la comodidad de su pinta dominguera. Reconocí a un amigo de lejos y aproveché mi petit size para escurrirme entre las carteras y los brazos cruzados hasta alcanzarlo, con toda la suerte que este amigo había conseguido el mejor lugar para tomar notas: el counter de la caja. A pesar de la multitud, que pudiese haber despertado mis instintos claustrofóbicos, el olor a libros nuevos y café hizo que me sintiera a gusto. Mientras abría mi cuaderno y probaba que el bolígrafo tuviese tinta vi pasar al Dr. Pino hacia el fondo donde una barba con lentes le presentaría y haría entrega del micrófono. Y con una narrativa exquisita, propia de la gente inteligente que se ha dado a la tarea de leer comenzó su exposición.

Como no tengo ni la elegancia ni la elocuencia del famoso historiador no haré el esfuerzo de repetir lo que dijo, pero les ofrezco una síntesis de pocas líneas:

No es cierto que violencia como la que hemos visto estos días sea una cosa nueva en Venezuela, sólo que nuestro empeño en contar la historia romanceada nos hace miopes para reconocerlo. La historia política de nuestra tierra es una cruel, minada de episodios de desgobierno, de negación de libertades y veneración al tirano. La razón es una: no hay –y nunca ha habido– una convicción republicana amplia de valores liberales en la sociedad venezolana, y en consecuencia, eso de la democracia nos cuesta mucho, así como no parecemos estar dispuestos a morir por ella.

Lo que ha permeado han sido versiones truncadas de la democracia, como la idea de que si hay elecciones califica como tal. No tenemos la convicción de que el trabajo es el camino para el éxito individual, sino que el Estado siempre juega (y debe jugar) un papel importante, no somos estrictos en castigar a quienes incumplen las normas, formales o informales, y ese bochinche dificulta tanto la gobernabilidad como los negocios. Por eso son siempre los estudiantes quienes salen a defender los principios, esos pumas coléricos que actúan con el corazón y los ideales que han sacado de sus libros, que fueron impresos por editoriales foráneas y profesan los modelos liberales de las sociedades de mercado. Y Venezuela no es quite that, pero cuando uno sólo ha estado en un salón de clases y se tiene la cabeza caliente, uno cree que puede llegar a serlo, lo sueña, y se frustra al contrastar con el odioso discurso que sale de Miraflores . Esto da pie para encausar el reclamo de sus libertades, y de carambola la de todos los demás. Y gracias a Dios que es así.

La charla se acabó y caminé de vuelta a casa, y entre pasos me convencí de lo siguiente: febrero fue el despertar de una nueva etapa, de caos indudablemente, de radicalización y tensiones, que sirvió para desenmascarar los finos velos que aún cubrían de pretensiones democráticas a la dictadura que preside Nicolás Maduro, pues como leí de la pluma de Andrés Velasco en estos días, no se juzgan los gobiernos por haber llegado al poder con votos, sino por sus actitudes una vez en ejercicio. Y si el uso desmedido de la fuerza del Estado en contra manifestantes desarmados, el auspicio de grupos armados cuyo pulso no tiembla para disparar a la cabeza de algún idealista que se hallaba protestando, si la negación de la Fiscalía General para respuesta a los asesinatos políticos ocurridos durante las protestas y los allanamientos nocturnos al mejor estilo de la Gestapo no lo han convencido de las intenciones de los herederos de Chávez, nada lo hará. Mucho distan quienes están en el poder de querer promover las libertades individuales y garantizar los derechos de todos sin distingo de preferencias políticas, y hoy más que nunca es evidente para los venezolanos sensatos y para la comunidad internacional, aunque lo segundo poco importa.

Aun así, y aunque la he apoyado, la guarimba localizada ya cumplió su función: poner en evidencia que hay un descontento amplio, y que a la oposición le importa un bledo si es o no mayoría, tiene derecho ser escuchada como interlocutor válido en el terreno político, o de lo contrario seguirá trancado el serrucho, profundizando el modelo de economía en desgobierno. Y la mayor evidencia de la posibilidad de dar espacio a las minorías es que siendo los indígenas menos del 2% de la población del país tienen representación garantizada en todas las instancias de los “poderes públicos”.

Pero la resiliencia del venezolano ha comenzado a actuar. Ya nos acostumbramos al nuevo orden desordenado, ya dejó de sorprendernos. No tengo idea de a dónde irá a parar todo esto, si será el silencio que viene antes del crescendo de una larga y cruenta dictadura post-chavista, o el preludio que acompaña a la hora más oscura antes del amanecer.

«La locura hacer la misma cosa una y otra vez esperando obtener diferentes resultados»
Albert Einstein

 

 

Publicado en Erika Tipo Web

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