Carta a la censura

Rayma-saludSería irrespetuoso no escribirle a la censura el día en que Rayma deja de publicar sus viñetas en El Universal.

Estimada Censura,

Incluso los más grandes enemigos deben tenderse treguas cuando la tensión alcanza episodios de clímax, de modo que en ese tono me dirijo a ti en esta oportunidad. Te confieso que me duele el pecho mientras consigo articular mis ideas, y mis suspiros se pierden en el piano de Damien Rice.

Te odio.

Sí, eso era lo primero que quería decirte: te odio con cada fibra de mi ser.

Odio tu soberbia, y tu invertebrada costumbre de deslizarte en las sombras. Odio lo sigilosa que eres, al igual que la sonrisa mugrienta que esgrimes cuando aspiras una nueva voz. Odio tu apetito voraz.

Odio que seas la favorita de este titiritero, porque creo que solo los cobardes silencian a sus enemigos. Creo que eso piensan los espíritus libres.

Pero lo peor es que te has acomodado entre el peor tipo de cobardes, los que sólo saben funcionar con jerarquías; esos que creen que todo debe derramar por los costados de la pirámide verde olivo, con título de «directriz».

Odio tu prédica de no resolver los problemas, y esa falsa idea que le vendes a quienes gozan con tu frivolidad de que lo que no se comunica no existe. La odio porque presume la estupidez de los hombres, en especial la de los hombres (y mujeres) que gastan días, semanas y hasta meses buscando una pastilla, una compresa, una ampolla, una inyectadora o un suero que alivie las penas de sus seres queridos.

Me sorprende tu capacidad para pensar que el uso de la firma de Chávez como símbolo de muerte –esa  muerte roja, virulenta y cruel que se extiende como epidemia en toda Venezuela– sea «cruzar una línea», pero que haya gente muriendo porque hay escasez de medicamentos te parezca un daño colateral que hay que asumir en la consolidación de la Robolución. Déjame decirte que me parece inhumano de tu parte, como me parece inmisericorde que no le reconozcas a Chávez su legado. La verdad nunca supe que era tan fanático de Juan Luis Guerra.

También me sorprende que pienses que se puede silenciar a un artista. Olvidas la sed de escenario que tienen los talentosos, que además, suelen nutrirse del jugo amargo de tu mordaza. Que tu terrible secuestro les sirva de inspiración es todo lo que deseo.

Por último, vieja compañera, me queda recordarte que se te agotan los espacios, y que la realidad sigue retumbando en medio del silencio ensordecedor.

Saludos,

A

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