Parque Central

El complejo urbanístico Parque Central es, para mi sorpresa y la de muchos de mis contemporáneos, un ícono de la arquitectura caraqueña moderna. Confieso que le queda bastante bien aquello de «complejo».

Quien no lo conoce puede acercarse cuando guste, es una sub-urbe despierta las 24 horas del día, sólo hay que ir con los sentidos alerta. Se le entra por el pasillo del medio que consta de dos callecitas sentido Sur-Norte con sendos policías acostados, una parada de moto-taxis y dos líneas de carros libres: la pirata y la cooperativa; un rallado ancho de transeúntes temerarios indiferentes al tráfico caraqueño, ahí los carros obedecen a los peatones. Un perro obeso decora la esquina izquierda con ojos de lamento y una lengua colgante, creo que tiene un ojo ciego.

Debe entrarse por la calle derecha si quiere estacionarse. Se baja por la rampa que cruza a mano derecha hacia el sótano (escalofríos). Siempre he pensado que el sótano de Parque Central –con más de 5 mil puestos de estacionamiento y un piso entero “desaparecido” durante décadas- es el lugar perfecto para filmar una película de terror. Una vez que se consigue un puesto de estacionamiento puede uno levantar la mirada y observar las cosas más espeluznantes: un pantalón ondeante que flota agarrado de una percha guindada de un ventilador industrial; ratas disecadas entre las columnas y los carros abandonados, goteras tan rancias que han cavado surcos amarillentos a su paso. Es increíblemente gris, de color y de energía. Un lugar capaz de despertar los fantasmas del alma de quien merodea por su interior.

Si se sube a la Planta Baja (Nivel Lecuna) y se topará con un centro comercial setentoso. Hay ópticas, ferreterías, bancos, librerías; hay panaderías y galerías de arte, restaurantes y casas de apuestas, hay dos museos, dos automercados, dos lavanderías; hay teléfonos públicos en cada esquina y gente instalada conversando por ellos. Es el Centro Comercial Simón Bolívar (original ¿no?). El piso es de granito gris, las paredes de concreto limpio –aunque ya de limpio no le queda sino el nombre- y los techos son de barras metálicas pintadas de un marrón tabaco horroroso.

Esa fue mi primera impresión cuando llegué a Parque Central con tres maletas y unas llaves viejas.

Recuerdo la mezcla de emoción por empezar la universidad con el desagrado que me producía la famosa obra arquitectónica. Era indudablemente imponente: ocho edificios residenciales con 44 pisos cada uno, dos torres gemelas de 59 pisos cada una, y un aproximado de 12 mil personas pululando día y noche. Aun así estaba descompuesto.

Y con todo esto en mente la tarea era clara: debía aprender a llamarlo casa.

Con cada caminata descubría cosas nuevas, todo era demasiado diferente al lugar de donde venía. Aquí la gente era ruda, de rápido caminar; acá tiraban condones por la ventana y se pegaban a mi balcón; incluso, había un loco con complejo de Esteban que se ponía una chaqueta tricolor y daba discursos frente a mi ventana. Pintoresca escena. Estaba viendo la anarquía ante mis ojos y nadie parecía tener idea de que estaba parado sobre una de las obras ingenieriles más importantes del siglo XX latinoamericano. Un pensamiento despertó en medio de tanta dejadez colectiva: Parque Central es la obra viva que cuenta la historia de la Venezuela de sus últimos tiempos.

La construcción comenzó en 1972 en manos del arquitecto Daniel Fernández-Shaw y los ingenieros Mario Paparoni y Serhiy Holoma como parte del macro-proyecto urbanista del Centro Simón Bolívar. Venezuela estaba en su máximo apogeo económico y se hacía claro que pronto podría adquirir el sustantivo de país desarrollado. Era una obra de dimensiones desconocidas que se mantendría como la más grande de Latinoamérica hasta 2003 cuando fue desplazada por la Torre Mayor en México. Finalmente fue inaugurada en 1983 y se convirtió en una de las mejores inversiones de bienes raíces que cualquiera podría soñar. Mi abuelo no perdió la oportunidad de comprar un apartamento, y sin saberlo estaría definiendo dónde daría yo mis primeros pasos hacia la vida adulta. Poco piensa uno todas las aristas de las decisiones que toma.

Los cuentos que había oído decían que solía ser una tacita de plata, que la gente se acercaba a curiosear la magnífica pieza de arte y que nadie aguantaba dos pedidas para visitar uno de los famosos apartamentos «de dos pisos». Sin embargo, mientras hacía la cola del ascensor con mis maletas y el llavero de Corpoven, no podía dejar de impresionarme del descuido de la edificación: los vidrios rotos, el granito partido; era como ver el rostro envejecido de quien alguna vez fue una mujer hermosa. Tampoco podía dejar de preguntarme cuál era la obsesión de los caraqueños por las colas.

Pero sabía que debía conocerlo, era una pieza histórica a pesar de los pesares. Y lo hice, ¡vaya que recorrí  Parque Central! Entre diligencias y vivir el día a día conocí las mil y un caras que el señor Fernández-Shaw soñó cuando esbozó sus planos. Una de mis favoritas fue la visita al piso 36 de la Torre Oeste. En esos días ya la Torre Este se había quemado, así que su gemela estaba atiborrada de cuanta oficina le cupiera: ministerios, oficinas administrativas de gobierno, centros de reuniones rojas rojitas y demás. Afortunadamente para mi yo-cultural, también estaba la oficina del Condominio, que por alguna extrañeza era parte de la administración pública por pertenecer al ya mencionado Centro Simón Bolívar. Lo recuerdo con distinción: fue un diciembre electoral. Se entraba por un sótano de techo bajo, cuyo piso algún día había sido mármol, y al fondo una mesa de recepción de fórmica marrón decorada con salpicaduras de lo que sobró en otros lados, con lo que cada empleado trajo de su casa para darle un semblante festivo; o al menos eso intentaron. Hice la cola y subí los 36 pisos, y antes de entrar a las oficinas me desvié a la derecha para observar la ventana que daba a San Agustín del Sur; pegué la frente y la nariz al vidrio y pude ver por primera vez lo que había detrás de la montaña (más ranchitos, por supuesto), el contraste entre el Jardín Botánico y Hornos de Cal, y hasta la bola Pepsi en Plaza Venezuela a la altura de mis ojos. Era una vista genial. Enderecé la espalda y con la mano izquierda intenté limpiar la grasita que se había pegado al vidrio, y esa imagen, mi mano sobre el vidrio azul y el barrio de fondo, hizo que viera hacia arriba y hacia abajo sin moverme. Había telarañas en el techo y chicles viejos en las esquinas del piso, y entonces me golpeó: esta era la majestuosidad que buscaban los escultores de la obra, era un edificio soberbio y elegante que decía por todos lados la palabra «progreso». Hoy, más bien, guarda un aire más romántico de belleza decadente.

Parque Central era símbolo de una Venezuela que quiso crecer, que se supo capaz de erigir una pieza de arte que expresara las destrezas ingenieriles de nuestra nación, la disposición a invertir porque había petrodólares para hacerlo, un trabajo que inspirara aires de ambición a quienes lo vieran y vivieran. Pero el tiempo le pasó por encima y la desidia se convirtió en su realidad; el ciclo político se ocuparía de otras cosas y la sub-urbe quedaría a merced de los que estuvieran de paso, sucumbiendo inequívocamente a la conocida tragedia de los comunes, pues, lo que es «de todos» termina no siendo de nadie.

Para mí, Parque Central representa muchas cosas: salir de casa, comenzar la universidad, enfrentarme al contraste social que vive en las entrañas de mi América Latina, pero sobre todo representa un testigo fiel de la ligereza que caracteriza a la política venezolana, que sólo piensa en cortar cintas inaugurales sin preguntarse si aquello será sostenible en el tiempo.

Prohibidas las “P”

«El diablo está en los detalles» dicen por ahí, y eso es lo que hace tan complejo al fenómeno de convivir: tiene demasiados detalles. Y no sería tan grave que tuviese tantos detalles si todos los que conviven estuviesen de acuerdo en cómo resolver los detalles, el problema es que rara vez lo están.

Tomemos el caso de los platos en un hogar, mamá quiere que los platos se laven y guarden de una vez; por lo general los hijos quieren dejarlo para luego, para la señora de servicio, para el hada de los platos, qué se yo. La cuestión es que casa a casa se repite el fenómeno ¿quién lava los platos y cuándo? Puede haber un largo período de dimes y diretes pero el problema sólo se puede resolver con acuerdos; y ahí, en el acuerdo es donde está la clave de la convivencia, es el único antídoto a los demonios que emergen de los detalles.

Pues entonces cuando un grupo más grande, como una ciudad, convive no está exento de los mil detalles de la vida en sociedad, con la que tenemos esa relación de amor y odio intenso. Podríamos hablar de los problemas de inseguridad, tránsito o economía, que parecen ser los que saltan a la vista y a los que más gente dedica tiempo, pero creo que esas son consecuencias de obviar los problemas más pequeños, los detalles, que construyen las bases de cómo nos comportamos frente a los otros. Por eso hablaré de un problema simple: la recolección de excrementos de mascotas en espacios públicos….

Ensayo completo:

Prohibidas las P

Las aceras de Sucre, un buen camino

Soy inmigrante en este municipio, no crecí acá y no conozco su trayectoria política, pero un testigo es lienzo irrevocable de la historia urbana que aquí se ha vivido: sus aceras.

Las aceras de Sucre me cuentan de su descuido, de su envejecimiento natural producto de tantos años de servicio. Cada día, en mi caminata a algún destino, me enseñan sus incontables arrugas, surcos grandes y pequeños causados por el inclemente sol tropical; esas arrugas que ya son más evidentes que el rostro que algún día ellas portaron en su juventud.

Me cuentan de su desgaste, y me dejan ver sus parches de piedra viva, pues la lluvia ha ido lavando su cara y desvaneciendo su forma, y se avergüenzan. Cada día me muestran su infinidad variopinta de parches, evidencia de que cada gestión fue tapando el hueco urgente y no la erosión sistemática.

Las aceras de Sucre hablan de que tiraron la toalla en la lucha contra las raíces de los árboles, y ahora las exhiben sin mayor preocupación. Incluso se sonríen con los troncos que crecieron cuadrados en la base, y añoran aquellos años cuando tenían fuerza para contenerlos.

Ellas predican que en una época, tan lejana que sus recuerdos se hacen difusos, cada alcantarilla tenía una tapa. En aquellos días, me dicen, sus narices se erigían altas por encima del pavimento asfaltado quien era apenas un tripón, pero él siguió creciendo con cada campaña electoral y ellas se fueron quedando en el olvido. Se encogieron.

Con buen humor, las aceras de Sucre me cuentan que antes su entretenimiento era ver los niños correr a toda velocidad. Ahora su parte favorita del día son las divas entaconadas que se enganchan cada tres pasos y las viejitas que se tropiezan arrastrando el carrito del mercado…«la vejez viene acompañada de un toque de cinismo, mija».

Me susurran que están sorprendidas porque pensaban que, habiendo crecido en estas calles el actual alcalde, finalmente les harían el añorado make-over por el que tanto han esperado, y con el que aún fantasean«Pero qué va, chica, los muchachos crecen y se olvidan de una».

Y aun así las aceras de Sucre hacen su mejor esfuerzo cada día para que los cientos, quizá miles, de ciudadanos que caminan por ellas lleguen a sus respectivos destinos lo más rápido posible, los escuchan cuando creen que están hablando solos y sin saberlo los aconsejan. Las aceras de Sucre siguen soñando con el día en que recuperen el nombre de «Buen Camino».

Carta al conductor en la lluvia. Una dedicatoria a los conductores frecuentes de LPG.

Porque definitivamente en esta ciudad el tráfico es inspirador de reflexiones

Querido conductor que manejas en la lluvia,

Hoy he decidido escribirte porque siento que desconoces una situación de la que formas parte, y con la que te estás ganando tanto Karma como el de los que usan el hombrillo. Por razones socioeconómicas, geo y demográficas o simplemente por razones verdes existe un grupo de personas que no se trasladan en carro, a.k.a. los peatones, al cual pertenezco.

Tú y yo tenemos una relación de envidia bidireccional condicionada al momento del día, el estado del clima y especialmente al estatus del tráfico; a veces yo voy más rápido mientras eres presa de la cola y a veces tú llegas en un tercio del tiempo que me toma la misma distancia a pie. Hasta ahora nada nuevo.

Lo que he venido a subrayar, estimado conductor en la lluvia, es precisamente que tu status quo cambia durante el momento de la precipitación. Ya no es una cuestión inocente de quién va más rápido que quién, durante la lluvia tú estás inherentemente seco, mientras yo –aunque lleve un paraguas- me estoy mojando, y tú estás en la posición de hacer mi vida considerablemente más miserable. No quiero decir con esto que deberías darme la cola, pero hay tres tipos de acción que reducirán significativamente la cantidad de maldiciones y nombramientos sobre tu madre y toda tu estirpe de mi parte y de la del gremio.

La primera es que, bueno, todos sabemos que en Caracas se perdió la costumbre de pasar a los carros por la izquierda. Sin embargo, cuando pasas a altas velocidades y pisas un charco en alguno de los abundantes huecos de nuestras calles, seguramente levantarás un tsunami del líquido trimardito  que se acumula al margen de la calzada; sí, esa sustancia grisácea, podrida y pestilente que se proviene de tus cauchos, la mugre y la basura arrastrada. Si algún peatón desdichado es salpicado por este coctail de seguro se frenará a mitad de la acera y aunque no lo escuches se tomará la libertad de gritarte « ¡abusador! ¡Ojalá caigas en un hueco y se te espiche un caucho!» -sí, 4Runner negra del otro día, esa fue contigo-.

La segunda es que yo no voy a pelear contigo el hecho de que te quieras comer la luz, al final esa es una pugna entre tu conciencia y tú en la que nadie puede interferir. No obstante, querido amigo, el entorno cambia cuando está lloviendo, o al menos las externalidades de tus acciones. Parado en la esquina está algún pelagato esperando que aparezca el muñequito verde para avanzar, yo sé que pareciera que esos 30 segundos que te estás ahorrando hicieran la diferencia, pero no te engañes, en verdad no la hacen. Piensa que corres con la suerte de estar sequito en medio del caos. Ahórrate los deseos de verte explotar y volar en pedacitos del que se está mojando.

Y tercero y muy ligado a la anterior, si está lloviendo, estás parado en el semáforo y cambia tu luz a verde pero el peatón aun está cruzando, piénsalo dos veces antes de tocarle la corneta, especialmente si es un viejito. Yo sé que tú crees que lo hace para retrasarte la vida y hundirte en tu miseria, pero la verdad es que está intentando pisar donde el charco esté menos profundo. Mi perplejidad y tolerancia están llegando al tope con la cantidad de conductores que le tocan cornetas a los viejitos durante la lluvia  –y ojo que en Los Palos Grandes hay muchos-. Un día de estos me atreveré a tocarle la ventana y preguntarle si necesita llegar al baño más cercano.

Entonces, queridísimo amigo, reflexiona sobre estas tres situaciones y piensa en ellas como tu buena acción del día. Si ayudas a que algún peatón no se moje más de la cuenta no tienes por qué sentirte culpable si no quieres dar tu vuelto para la donación [inserte aquí la que sea].

Gracias por tu atención y buena disposición a mejorar la convivencia en nuestra ya caótica ciudad,

Atentamente,

El peatón del la lluvia

La Rinconada

Por Amanda Quintero (@amandaisabel87)

Este artículo fue publicado en el “Blog Planta Baja, porque todo comienza por el derecho a elegir”, en 2010

Cuando se vive en un país tan insólito como en el nuestro, aprendemos a hacer los sacrificios más descabellados para evitar que nos roben y si además nos ahorramos un tiempito al evitar las infernales colas de la colapsada Caracas, mucho mejor. Así me definió la señora Teresa su cuota diaria de locura colectiva, durante mi tarde curioseando en la estación de metro La Rinconada.

«Mija, eso es lo que yo llamo un despelote de verdad» Al parecer, durante las horas pico (6:00-7:00 am y 5:30-6:30 pm) esa estación se convierte en la mayor batalla campal alguna vez vista por obtener un preciado puesto -entendiendo que el puesto no necesariamente implica un asiento, sino el derecho de ir, aunque sea con el morral en la cabeza, metiendo la barriga, aplastado contra la puerta del vagón la media hora de trayecto- en el metro. Ahí, si usted alguna vez tuvo dudas sobre el abstracto concepto de darwinismo social, las mismas serán disipadas.

En ese momento (5:30) de la tarde, esperando en la estación El Valle que llegue el tren, la espera de 35 minutos da para que el andén se llene cuan largo es, de esquina esquina, tan denso como se puede. Desde los que optimistamente la música del teléfono a sonar, hasta el vendedor de donas -con todo y bandeja- se impacientan. Tímida, la señora Teresa espera del otro lado del andén, a salvo detrás de la escalera. Me dice que ahí corre menos riesgo de que la empujen cuando el tren abra las puertas, evitando rodar por el piso y ser aplastada indiscriminadamente por la estampida, tal y «como le pasó a una señora el viernes pasado. Imagínate que andaba en vestido y se le vio hasta el alma», cuenta.

Dice que hay dos momentos de histeria claves. Cuando llega el primer tren, que siempre sigue de largo y cuando llega el segundo que es el que abre las puertas. Resulta que esta línea que conecta La Rinconada con el ferrocarril que lleva a Charallave fue abierto estando incompleto -con una sola vía en funcionamiento-. Ambos trenes llegan a una estación, carga uno, luego el otro, ambos arrancan y luego se repite. Por esta razón, a pesar de que entre un día de semana transiten entre 22.000 y 25.000 personas por esa estación, no pueden aumentar el número de trenes.

Luego de tener la suficiente suerte como para entrar, Teresa me dice que lo mejor es ponerse lo más lejano posible de la salida, pues dice que la gente pierde los papeles en el momento de la salida. Yo que he estado en Plaza Venezuela a las 6 de la tarde pensaba que exageraba, pero cuando se empezó a asomar el amarillo del andén, un hombre comenzó a hablar como locutor de carrera de caballos: «Lázaro se está preparando, se encuentra libre la vía. Señores, preparados, en sus marcas, túuuuuuu  -sonó la puerta del metro- ¡PARTIDA!» Yo no podía creer lo que mis ojos veían. Oí a Teresa decir «agárrate y deja que salgan»

Las personas, de todas las edades y géneros, en falda, blue jean o hasta de sombrero, se empujaban, estrujaban, semi-desvestían y golpeaban. Los más fuertes brincaban los muros de las escaleras, para evitarse la cola y caer, sin importar patear a nadie, en el medio de la escalera mecánica en pleno ascenso. Una vez arriba continua la estampida, la gente corre desaforada y hasta se brinca los torniquetes de salida, ya que es más rápido saltarlos como en una carrera de obstáculos que detenerse a que el mismo lo deje pasar.

Teresa, me dice que ha habido gente lesionada y hasta fracturada durante la agresiva transferencia hacia el ferrocarril; que a la gente le escachapan las viandas de  sus almuerzos y que es normal ver pelear de golpes entre hombres exaltados dentro del vagón. Sin embargo, con el metro se ahorra casi dos horas de cola en la Autopista Valle-Coche. Además, evita los frecuentes robos en las camioneticas, por ejemplo a su hija la han robado dos veces en el último mes ahí.

Para mi fue toda una experiencia de una tarde, pero para la señora Teresa y los otros 24.999 pasajeros de La Rinconada esto es el «pan nuestro de cada día». Más opciones de transporte, sí; pero ¿y de calidad de vida?

El interminable tema del aumento del pasaje

Por Amanda Quintero (@amandaisabel87)

Este artículo fue publicado en el “Blog Planta Baja, porque todo comienza por el derecho a elegir”, en 2010

¿Recuerda usted un tiempo cuando no se escuchara a los transportistas urbanos pedir un  aumento en el pasaje?

Desde el hito que marcó El Caracazo en la manera de hacer política en Venezuela, el tema del aumento del pasaje es sagrado. Entonces, el aumento brusco del precio de la gasolina en un 100% y del transporte público en 30% trajo consigo los disturbios más salvajes de nuestra historia contemporánea, y para algunos acarreó el más alto costo político para un presidente: el golpe de Estado.

Hoy, de nuevo, los transportistas reclaman un incremento en el pasaje. La mayoría pide un 100%.

Beto Zambrano, socio de la Asoc. Civil Casalta Chacaito cuenta que tienen seis años en negociaciones con las entidades gubernamentales sin llegar a acuerdos. Comenta que «ellos aumentan lo que les conviene sin escuchar nuestras propuestas. Se han presentado buenas ideas para mejorar la situación del transporte público, como Pico y Placa, pero como no vienen del gobierno central no se oyen».

Comenta que los de costos su empresa han incrementado de manera tal, que sin un aumento en el precio serán insostenibles, «la devaluación y la inflación nos están pegando. Imagínate, en noviembre un caucho costaba Bs. 396, hoy cuesta 592 y hay que cambiarlos cada 6 meses. También el cambio de aceite costaba Bs. 690 y hoy sale en 1050 y eso se hace cada mes».

Jaime Hernández, usuario, piensa que estaría de acuerdo con un aumento de hasta Bs. 2, pero que le parece que «un aumento del 100% es un abuso. Cada año piden aumento para mejorar el transporte y nunca cumplen». Sin embargo el aumento del pasaje nunca se indexa a la inflación.

José Vivas, conductor y dueño, dice que «el aumento no es una opción. Todo está subiendo: repuestos, comida ¿creen que van a aumentar el sueldo mínimo y no van a subir el pasaje? No es justo».

Una vez más se evidencia el dilema de quién es el ciudadano. El pasajero que por su parte necesita de un sistema de transporte público de calidad y a bajo costo, o el transportista presta un servicio al público, pero además sostiene a su familia con los beneficios de la empresa.

¿Cuál derecho a elegir es más importante?

¿Poder elegir un tranporte público digno o elegir cómo generar ingresos?

Dicen por ahí que la felicidad de un país es la suma de las felicidades de sus individuos.

El Metrocable, una opción diferente

Por Amanda Quintero (@amandaisabel87)

Este artículo fue publicado en el “Blog Planta Baja, porque todo comienza por el derecho a elegir”, en 2010

Tenía más de un año viéndolo circular de arriba a abajo y por el borde de la montaña. Sus pequeños vagones rojos me recordaban a los de Ávila Magica -o Warairarepano, como se llame-. Todo el mundo lo creía inaugurado, pero en realidad el Metrocable de San Agustín abrió sus puertas  el pasado 20 de enero.

Decidí ir a conocerlo. Al llegar a la primera estación, Parque Central, encontré la boletería cerrada. Le pregunté a un funcionario por la venta de tíquets y me contestó que «está gratis los primeros tres meses… así dijo el Presidente».

Pasé como Pedro por su casa y subí al andén. Entran máximo ocho personas por vagón: seis sentadas y dos de pie. Lo primero que me impresionó fue lo rápido que va: tarda dos minutos en llegar a la siguiente estación, Hornos de Cal.

Me bajé a curiosear; confieso que estaba un poco asustada. Sin embargo la experiencia fue bastante grata. El lugar es muy bonito y hay un ambiente familiar. Todos los trabajadores del Metrocable son de la comunidad de manera que quienes van en las cabinas les sonríen, los saludan y algunos hasta se bajan a conversar.

Le pregunté a varios usuarios si estaban contentos con la nueva obra, todos coincidieron en que es una maravilla. Una señora me dijo: imagínate, antes tardaba entre cuarenta y cinco y cincuenta minutos para bajar en  jeep, ahora camino cinco minutos y en dos más ya estoy abajo»

Definitivamente es un buen servicio que incrementa la calidad de vida de la gente de  San Agustín. Es una nueva opción de transporte para muchos y una opción de trabajo para otros.

Para mí es incluso una opción de esparcimiento con potencial turístico. Es un paseo diferente y entretenido porque se ve casi completo el valle de Caracas. El recorrido ida y vuelta -sin bajarse del vagón- dura alrededor de media hora.

Además, para quien nunca ha subido al barrio es un buen primer acercamiento. Desde el aire se ven los techos de zinc cubiertos de ropita de bebé al sol, los niños volando papagayos de bolsas y los tobos de agua. Tampoco se puede pasar desapercibido la cantidad abrumadora de antenas de Directv, contrastantes con la humildad que las rodea.

Aplaudo este tipo de iniciativas, porque para eso tiene el venezolano derecho a elegir gobernantes, para que inviertan en proyectos que hagan su vida mejor.

El Arte es de Todos

Por Amanda Quintero (@amandaisabel87)

Este artículo fue publicado en el “Blog Planta Baja, porque todo comienza por el derecho a elegir”, en 2009

 

Comienzan las cuerdas—como de costumbre—con un armonioso y grave sonar; sigiloso, da la impresión de que pronto algo va a pasar.

Aparecen agudos brillos, es el sonido de los vientos que con cuidado, recrean la sutileza de la brisa en la hierba que verde y vibrante baila con soltura ante el sol caliente y el cielo abierto, es un mediodía en el llano, del compositor Antonio Estévez. La Orquesta Filarmónica Nacional ha comenzado a ambientarnos con su música, transportándonos a las más hermosas planicies de la provincia venezolana. Aplausos.

Aclimatados ya, como estábamos, sucedió el turno a los viento-metal para hacer la siguiente entrada, la obra que resume la cultura venezolana por excelencia: La Cantata Criolla, una versión sinfónica de la famosa leyenda popular Florentino, el que cantó con el Diablo. Esta vez, las luces se intensificaron, se abrió el telón y una sombría marcha de bailarines apareció en el escenario. Vestidos simples, en tonos claros—blanco y caqui predominantes—la compañía de baile del Teresa Carreño hacía bruscos movimientos con detalles de sutileza: cabeza de izquierda a derecha, movimiento de columna serpenteante y delicada ondulación de muñecas y dedos; pesados pies descalzos. De repente voces: el orfeón, «Puntero en la soledad…». Finalmente, los tenores: Idwer Avarez—un simpatiquísimo gordito vestido de azul con cara de tío—como Florentino y el barítono Franklin de Lima—alto, delgado, con el cabello hasta los hombros—como El Diablo.

Despanpanante ensamble de las artes: movimientos de telas, de cuerpos, de luces; despliegue de voces y de instrumentos, acogidos todos por la majestuosidad de la sala Ríos Reyna del Teatro Teresa Carreño, simplemente impecable.

Florentino, el que cantó con el Diablo nos invita a la reflexión ante la eterna batalla entre el bien y el mal, es un llamado de conciencia a retomar los valores de nuestra sociedad, simplemente venezolanos. Así, con una invitación abierta y entrada libre al público general el Ministerio del Poder Popular para la Cultura cerró la celebración del Mes Internacional de la Danza. Todos son bienvenidos a disfrutar del arte,  sin distinciones, sin exclusiones. El arte es para todos.

 

La UNESCO celebra el día de la danza el 29 de abril en honor al nacimiento del coreógrafo francés Jean Jacques Noverre

 

 

 

 

¿Artistas de corazón? Sí, hay

Por Amanda Quintero (@amandaisabel87)

Este artículo fue publicado en el “Blog Planta Baja, porque todo comienza por el derecho a elegir”, en 2009

Entre telas de colores, máscaras y lentejuelas Leonardo practica sus actos y malabares mientras deja colar un oloroso café. Las paredes están llenas de firmas, dibujos, ideas; hay mesas con pelotas, sombreros y zancos. Hay instrumentos de música y una silla anaranjada en una esquina. Se ven anaqueles de libros viejos, otros no tan viejos y una prominente bandera cubana rompe con la bohemia del ambiente. Al fondo se escucha una radio lejana que se mezcla con el ruido de la universidad. Es un carnaval para los sentidos, es la Escuela de Zanqueros de la Universidad Central de Venezuela (UCV).

Primero practica con tres pelotas, ahora cuatro;  es impresionante la rapidez con que lo hace. Lleva puesto un sombrero de tela negra y una camisa roja rojita que grita los ideales de quien realmente cree en la construcción de la paz mundial.

Se hacen las diez, es hora de ir al ensayo. Leo trabaja con el grupo de teatro y títeres Cantalicio de la UCV, quienes están presentando “El Brillo del Sol en el Agua”. Según los chicos que trabajan como guías en el Aula Magna, asistir a un show en ese lugar es ver que el espectáculo toma vida, “la sala está diseñada para que el evento se proyecte solo. Estar ahí te eriza la piel” confiesa el chico de lentes. Leonardo, por otra parte siente que éste no es su ambiente favorito, pues la interacción con el público es impersonal. Sin embargo disfruta como nadie las risas de los niños.

Son las dos, hora de cambiarse. Leo es un artista de corazón. Trabaja en el boulevard de Sabana Grande, donde hace de payaso, zanquero y malabarista. Este es su lugar favorito, tiene vida, música y variedad. Vive con la convicción de que ahí lleva alegría a la vida de la gente, con la intensión de crear consciencia en la sociedad del trabajo del poeta, del artista, del cantante. Dice que es un trabajo para el alma y que le gusta hacerlo en lugares populares para llegar a ambientes diferentes. “En este país siempre se entretiene a la misma gente -los que tienen dinero- ¿y los otros 3/4? ¿no merecen entretenimiento?”. Ahí siente que interactua con la gente, es un momento mágico para él y para el espectador.

Terminó el trabajo, hora de cambiarse de nuevo. Se apresura al metro que lo dejará en la Plaza de Toros en el Centro Endógeno Artístico de Nuevo Circo. Ahí dicta, con ayuda de un Consejo Comunal, un taller de música abierto al público general, nadie paga, nadie cobra. Es un intento de la comunidad para motivar a la gente a explorar otros ambientes, para promover el arte y alejar a los chamos de las drogas. Luego van y se presentan en las comunidades.

No habla como revolucionario, no usa un lenguaje de agresión, pero sí con un

a sonrisa y expresión de quien cree en lo dice confiesa que “este gobierno piensa mucho en la inclusión social, el que vive en el barrio también tiene derecho a entretenerse. Definitivamente se están abriendo puertas”.