Carta a la censura

Rayma-saludSería irrespetuoso no escribirle a la censura el día en que Rayma deja de publicar sus viñetas en El Universal.

Estimada Censura,

Incluso los más grandes enemigos deben tenderse treguas cuando la tensión alcanza episodios de clímax, de modo que en ese tono me dirijo a ti en esta oportunidad. Te confieso que me duele el pecho mientras consigo articular mis ideas, y mis suspiros se pierden en el piano de Damien Rice.

Te odio.

Sí, eso era lo primero que quería decirte: te odio con cada fibra de mi ser.

Odio tu soberbia, y tu invertebrada costumbre de deslizarte en las sombras. Odio lo sigilosa que eres, al igual que la sonrisa mugrienta que esgrimes cuando aspiras una nueva voz. Odio tu apetito voraz.

Odio que seas la favorita de este titiritero, porque creo que solo los cobardes silencian a sus enemigos. Creo que eso piensan los espíritus libres.

Pero lo peor es que te has acomodado entre el peor tipo de cobardes, los que sólo saben funcionar con jerarquías; esos que creen que todo debe derramar por los costados de la pirámide verde olivo, con título de «directriz».

Odio tu prédica de no resolver los problemas, y esa falsa idea que le vendes a quienes gozan con tu frivolidad de que lo que no se comunica no existe. La odio porque presume la estupidez de los hombres, en especial la de los hombres (y mujeres) que gastan días, semanas y hasta meses buscando una pastilla, una compresa, una ampolla, una inyectadora o un suero que alivie las penas de sus seres queridos.

Me sorprende tu capacidad para pensar que el uso de la firma de Chávez como símbolo de muerte –esa  muerte roja, virulenta y cruel que se extiende como epidemia en toda Venezuela– sea «cruzar una línea», pero que haya gente muriendo porque hay escasez de medicamentos te parezca un daño colateral que hay que asumir en la consolidación de la Robolución. Déjame decirte que me parece inhumano de tu parte, como me parece inmisericorde que no le reconozcas a Chávez su legado. La verdad nunca supe que era tan fanático de Juan Luis Guerra.

También me sorprende que pienses que se puede silenciar a un artista. Olvidas la sed de escenario que tienen los talentosos, que además, suelen nutrirse del jugo amargo de tu mordaza. Que tu terrible secuestro les sirva de inspiración es todo lo que deseo.

Por último, vieja compañera, me queda recordarte que se te agotan los espacios, y que la realidad sigue retumbando en medio del silencio ensordecedor.

Saludos,

A

Venezuela, donde la pobreza camina por encima de la riqueza

ImageUn ensayo para mi Cátedra de Pobreza en América Latina

Hace cien años Venezuela se casó con el petróleo, y digo se casó tal y como dice el ritual: tanto en la prosperidad como en la adversidad, en salud y en enfermedad… Eso fue lo que nos vendieron pero no fue así, el matrimonio no fue entre de Venezuela y el petróleo sino entre el Estado venezolano con este último, y ello ha traído consecuencias muy serias para la vida nacional con implicaciones concretas para el problema de la pobreza en los venezolanos. El Estado, no los venezolanos, se convirtió en el mayor productor del país y en consecuencia construyó una institucionalidad que capturó la economía del país para sí.

Venezuela –hablando como los positivistas- se casó jovencita, una muchacha, adolescente quizás. Un país pre-capitalista, palúdico y altamente empobrecido; nada distinto de lo que pudiese ser hoy Sierra Leona o Costa de Marfil. Era un país con una población menguada, sencilla y campesina pre-industrializada, en el que los particulares tenían modestas fincas que producían café, cacao y cosas por el estilo. Aunque cueste creerlo, en esa Venezuela, desagregada y minada por caudillos regionales el gobierno central tenía un rol secundario y se financiaba básicamente de las aduanas ya que era la única alcabala organizada que podía tributar. Era un Estado liberal y en un contexto mundial en el que la pobreza era un fenómeno casi natural, los venezolanos eran pobres y el Estado no tenía por qué hacer nada al respecto; nadie tenía la expectativa de «acabar con la pobreza».

Un buen día reventó el Pozo Los Barrosos y vino a cambiar las pretensiones del Estado venezolano. De una u otra manera el Estado se dio cuenta de que estaba parado sobre una riqueza potencial importante y que, dada su naturaleza sofisticada y de explotación muy localizada, podía ser monopolizada por él. Y así fue, el Estado se fue adueñando poco a poco de las rentas que generaba el petróleo, y siendo su principal fuente de ingresos diseñó un marco regulatorio que poco a poco, con mayor o menor forcejeo en algunos momentos, hizo de la economía venezolana suya; esbozada para servir al Estado, representado en sus gobiernos. Los venezolanos en consecuencia no tendrían otro rol que el de ser empleados del gran Estado capitalista, entendiéndolo como el único inversor de envergadura; sí, es verdad, se dejaría espacio para uno que otro privado con pretensiones de empresario, principalmente en Caracas y un poco del centro del país, pero siempre todos viviendo en, del, por y para el Estado. Nunca alcanzó Venezuela un nivel de productividad suficientemente alto en ningún rubro como para convertirse en un jugador importante en el mercado internacional, sólo en energía –actividad que el Estado se reserva como exclusiva.

Sin importar el color de la corbata del gobierno, tanto blancos como verdes, y más tarde los rojos, se empeñaron en universalizar el voto y entonces entró el Estado en el juego de conquistar a  las masas, que cuando llegó la democracia a Venezuela eran mayoritariamente pobres. Aquí se generó una dinámica que algunos catalogan de maldición de los recursos por ponerle algún nombre macabro: el Estado vende petróleo afuera y cobra en votos adentro ¿Y cómo funciona esa alquimia? Sencillo, los petrodólares se convierten a bolívares –a conveniencia del Estado- y se reparte la renta petrolera por medio de servicios y privilegios, llámese hospitales que sólo funcionan durante las campañas, asfaltado en tiempos de elecciones, programas, obras, misiones; dicha distribución generaba capital político, que a su vez se traducía en votos para el período siguiente. El oportunismo discrecional de (todos) los gobiernos, y su entendimiento de la pobreza como una línea de ingresos ha hecho que la respuesta al problema sea por consumo y no por capacidades que permitan a los ciudadanos generar ingresos propios de manera sostenible. Y como el Estado se casó con la renta petrolera y castró a la economía privada esa capacidad de distribuir para afectar las líneas de pobreza y pobreza extrema dependieron, entonces, de la volatilidad del precio del barril.

Es esta visión clientelar de la prestación de los servicios del Estado que llevó a la politización de los servicios «públicos», y en consecuencia, a su estancamiento en temas de calidad. Tomemos el ejemplo de la educación. Los años de escolaridad en Venezuela son el mayor determinante del nivel de ingresos, además que tiene retornos crecientes a escala, es decir, más años de escolaridad implican un aumento más que proporcional en los ingresos de la persona, especialmente el sector universitario ¿Y qué nos dice esto? Que la economía valora a los profesionales, algo característico de ser una economía de empleados y no de emprendedores. Además habla de que no hay una respuesta real del Estado que se comprometa a garantizar una formación de capital humano relativamente homogéneo para su población, una que permita luego la competencia en el mercado laboral. No, las escuelas públicas responden al propagandismo, la escuela está abierta pero la calidad es muy precaria y eso se refleja en altos niveles de deserción y bajos retornos a los egresados del sistema que tienen pocos años de escolaridad. La educación en Venezuela está profundamente estratificada y reproduce la estructura de la pobreza, porque no representa una herramienta para apalancar la productividad de los ciudadanos, y los salarios y la precariedad de los empleos da testimonio sobre ello. Para continuar con el ejemplo de la captación de rentas en forma de privilegios veamos cómo las universidades, los inventores de la Política en la Venezuela moderna, se hacen con la mayor porción del presupuesto destinado a educación, castigando a las escuelas primarias y sobre todo a la educación media. Para ilustrar el argumento tomemos las cifras del análisis de Presupuesto Nacional que hizo Transparencia Venezuela para el 2013: el gasto en educación integral per cápita, que contempla los niveles inicial, primario, medio y especial, es aproximadamente de Bs. Bs. 6134 al año (tomando el gasto en educación integral y dividiéndolo entre el número de inscritos en ella), mientras que el gasto per cápita en educación superior es de Bs. 142.567 anuales ¿Captura o no el sector universitario un privilegio monetario que genera un sub-óptimo para la sociedad? Es claro que con el primer gasto no podría pagarse una educación de calidad para cada estudiante de educación integral, lo que ha hecho que cada vez más el sector privado ofrezca una respuesta competitiva a las demandas de educación. Y  son los sectores de mayores ingresos los que pueden pagar una mejor educación para sus hijos, y eso afinca las brechas entre los estratos. Al final, eso se traduce en que el beneficio del subsidio desproporcionado a educación superior lo gozan en mayor proporción los sectores de ingresos altos ya que la calidad de su educación integral les hace destacarse en la universidad.

Entonces, por supuesto que la pobreza en Venezuela es un tema de ingresos, porque es un problema distributivo de la renta que captura el Estado y no depende de la productividad de los ciudadanos, todo apunta hacia ello. Y como la capacidad distributiva del Estado depende de su nivel de ingresos entonces la pobreza en Venezuela es una variable con alta correlación y en sentido inverso de los precios del petróleo: sube el precio del petróleo, baja la pobreza en Venezuela; baja el precio del petróleo, sube la pobreza en Venezuela. Y ello porque el gobierno de turno nunca tiene incentivos para democratizar el conocimiento sobre cómo se maneja la renta petrolera, sino mas bien a mantener el tema en la penumbra. Por ahora, esa renta petrolera mantiene los ingresos medios del país por encima de la línea de pobreza y se puede aseverar que la pobreza se solucionaría con un mejor sistema de distribución, el problema está en que eso es cierto mientras se mantenga el precio del barril, porque por si fuera poco, Venezuela no tiene capacidad instalada para aumentar su producción en caso de una caída de precios que compense una posible caída en los precios del crudo.

Además esta dinámica de ingresos exógenos a la economía Venezolana, específicamente hablando de los petrodólares, generan presiones inflacionarias constantemente y dado que el Banco Central no es autónomo no maneja una política monetaria independiente, entonces tenemos una inflación incesante, producto de una economía inflada por los precios pero que, por no haber una política que permita que aumente la productividad, condena a los ciudadanos a empobrecerse en términos reales. Y la productividad no crece porque el Estado, como se dijo al principio, tiene la economía capturada para sí: el Estado venezolano no cree, y nunca ha creído, en el mercado sino en la economía dirigida… antes lo llamaban desarrollismo, fomento, ahora economía planificada. El Estado regula –y siempre, desde el Convenio Tinoco en 1934, ha regulado- el tipo de cambio para mantenerlo apreciado (consecuencia del precio real del petróleo), regula las tasas de interés, compite deslealmente en la captación de fondos para financiamiento, regula precios, brinda protección. No hay convicción de mercado en Venezuela y nunca la ha habido, y la historia económica del mundo ha demostrado que sólo en el mercado crece la producción. Con producción es que salen las sociedades de la pobreza de manera sostenible.

Y no es que yo crea que Venezuela esté condenada a la pobreza, pero mientras continúe el desentendimiento de la importancia del petróleo en nuestra economía y en nuestra política, mientras el manejo de la renta se mantenga opaco y además en manos de los políticos de turno (y no de manera independiente), mientras el Estado continúe capturando la economía para sí a través de la regulación el problema de la pobreza en Venezuela será de distribución, al servicio de construir capital político, cosa que además se exacerba en un contexto de reelecciones indefinidas. Mientras no haya convicción de mercado entre los venezolanos la pobreza seguirá caminando por encima de la riqueza que le subyace; continuaremos observando una sociedad estratificada, con una permeabilidad social que dependerá del precio del petróleo y la capacidad del gobierno de mover las líneas de pobreza a su antojo.

Mordazas

mafalda amordazadaEn estos días la gente anda alterada de que “sorpresivamente” Globovisión tuvo un cambio radical en su línea editorial y comenzó a prohibir que se reseñaran las ruedas de prensa y demás comunicaciones del señor Henrique Capriles Radinski. Después de eso no se hicieron esperar las ya conocidas y trilladísimas críticas de que esta situación viola los Derechos Humanos, específicamente hablando del Artículo 19 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos que reza como sigue:
Todo individuo tiene derecho a la libertad de opinión y de expresión; este derecho incluye el de no ser molestado a causa de sus opiniones, el de investigar y recibir informaciones y opiniones, y el de difundirlas, sin limitación de fronteras, por cualquier medio de expresión. Muy bien, nada nuevo hasta ahora. La de las comunicaciones libres ha sido una de las banderas más fuertes de la oposición desde el cierre (y expropiación) de RCTV en 2007.

Pero pareciera que detrás de ese discurso prefabricado no hay ningún tipo de convicción libertaria, no hay un entendimiento real de lo que significa la libertad de opinión y expresión sino sólo un reclamo por perder privilegios ¿cómo lo sé? Por las celebraciones públicas y privadas sobre la salida del aire de Mario Silva.

Es verdad, ese señor era -en mi opinión- nefasto; un verdadero caño del que sólo manaban adjetivos viles y juicios terribles, su vocabulario era soez y su lenguaje corporal agresivo pero ¿saben qué? Estaba en todo su derecho de opinar. El tema está en que tenía rainting ¿y quién lo podía culpar de seguir alimentando el morbo de los venezolanos? Después de todo, ese es el negocio de la televisión. Sí, era un peso pesado de la formación de opiniones oficialistas, un gran difamador de todo aquel que no estuviera “del lado correcto de la talanquera” y pare usted de contar. Eso también lo sabemos.

Pero señores, nada justifica que lo hayan sacado del aire -como tampoco se justifica que hayan sacado al señor Kiko, en mi opinión igual de nefasto que Silva- porque eso, sin más ni menos, se llama censura. Y la censura no puede ser aplaudida nunca, al menos no la censura política (entiendo que se regule la censura pornográfica por temas éticos y de formación psicológica de los menores). Les pongo un caso: yo detesto ver deportes, ni fútbol, ni béisbol, ni tenis, ni golf… ni siquiera esgrima, no me interesa si es nacional o de ligas mundiales, aquello no despierta ni un ápice de mi atención. Si yo gobernara Venezuela bajo el mismo esquema de censura del gobierno bolivariano perfectamente podría prohibir la transmisión de cualquier tipo de juego o competencia ¡Ni el dominó dominicano estaría permitido!

¿Tiene eso algún sentido? ¿Quién me dio a mí el derecho de privar a los millones de fanáticos de todos los deportes para ver los juegos? Sería meramente un delirio de grandeza. Sólo podría hacerlo si se me subiera el poder a la cabeza y me convenciera de que sólo mis gustos son válidos y legítimos, y si la gente quiere ver deportes que vaya y pague su juego, y si no tiene plata para hacerlo que se joda. Y me odiarían por hacerlo y yo me regocijaría en tener el poder para prohibírselos; y sólo para probar el punto empezaría a difundir programas obligatorios que mostraran los resultados de algún presunto instituto de investigaciones angoleño que determinó que ver deportes es nocivo para el desarrollo personal y afectivo porque fomenta la competencia desmedida y no el espíritu de convivencia que tanto estamos tratando de promover en la nueva patria. (Estoy segura que más de uno se incomodó en su silla)

Ningún hombre, ningún gobierno ha adquirido el derecho legítimo de censurar aquello que no le gusta o que encuentra inconveniente. Todos tenemos derecho a ver y escuchar lo que se nos antoja, no importa si es salsa brava o dupstep, si es una telenovela mayamera o una película de cine rumano independiente… no importa si es La Hojilla o Buenas Noches. En estas cosas no hay espacio para morales flexibles, se es o no se es libre de opinar; se cree o no se cree en la libertad de expresión; se aplaude o se condenan las mordazas.

La salida de Mario Silva, tanto como la de Kiko, es un retroceso en la adquisición de libertades individuales y por tanto del desarrollo de Venezuela y sus venezolanos, nada de “victorias”.

Parque Central

El complejo urbanístico Parque Central es, para mi sorpresa y la de muchos de mis contemporáneos, un ícono de la arquitectura caraqueña moderna. Confieso que le queda bastante bien aquello de «complejo».

Quien no lo conoce puede acercarse cuando guste, es una sub-urbe despierta las 24 horas del día, sólo hay que ir con los sentidos alerta. Se le entra por el pasillo del medio que consta de dos callecitas sentido Sur-Norte con sendos policías acostados, una parada de moto-taxis y dos líneas de carros libres: la pirata y la cooperativa; un rallado ancho de transeúntes temerarios indiferentes al tráfico caraqueño, ahí los carros obedecen a los peatones. Un perro obeso decora la esquina izquierda con ojos de lamento y una lengua colgante, creo que tiene un ojo ciego.

Debe entrarse por la calle derecha si quiere estacionarse. Se baja por la rampa que cruza a mano derecha hacia el sótano (escalofríos). Siempre he pensado que el sótano de Parque Central –con más de 5 mil puestos de estacionamiento y un piso entero “desaparecido” durante décadas- es el lugar perfecto para filmar una película de terror. Una vez que se consigue un puesto de estacionamiento puede uno levantar la mirada y observar las cosas más espeluznantes: un pantalón ondeante que flota agarrado de una percha guindada de un ventilador industrial; ratas disecadas entre las columnas y los carros abandonados, goteras tan rancias que han cavado surcos amarillentos a su paso. Es increíblemente gris, de color y de energía. Un lugar capaz de despertar los fantasmas del alma de quien merodea por su interior.

Si se sube a la Planta Baja (Nivel Lecuna) y se topará con un centro comercial setentoso. Hay ópticas, ferreterías, bancos, librerías; hay panaderías y galerías de arte, restaurantes y casas de apuestas, hay dos museos, dos automercados, dos lavanderías; hay teléfonos públicos en cada esquina y gente instalada conversando por ellos. Es el Centro Comercial Simón Bolívar (original ¿no?). El piso es de granito gris, las paredes de concreto limpio –aunque ya de limpio no le queda sino el nombre- y los techos son de barras metálicas pintadas de un marrón tabaco horroroso.

Esa fue mi primera impresión cuando llegué a Parque Central con tres maletas y unas llaves viejas.

Recuerdo la mezcla de emoción por empezar la universidad con el desagrado que me producía la famosa obra arquitectónica. Era indudablemente imponente: ocho edificios residenciales con 44 pisos cada uno, dos torres gemelas de 59 pisos cada una, y un aproximado de 12 mil personas pululando día y noche. Aun así estaba descompuesto.

Y con todo esto en mente la tarea era clara: debía aprender a llamarlo casa.

Con cada caminata descubría cosas nuevas, todo era demasiado diferente al lugar de donde venía. Aquí la gente era ruda, de rápido caminar; acá tiraban condones por la ventana y se pegaban a mi balcón; incluso, había un loco con complejo de Esteban que se ponía una chaqueta tricolor y daba discursos frente a mi ventana. Pintoresca escena. Estaba viendo la anarquía ante mis ojos y nadie parecía tener idea de que estaba parado sobre una de las obras ingenieriles más importantes del siglo XX latinoamericano. Un pensamiento despertó en medio de tanta dejadez colectiva: Parque Central es la obra viva que cuenta la historia de la Venezuela de sus últimos tiempos.

La construcción comenzó en 1972 en manos del arquitecto Daniel Fernández-Shaw y los ingenieros Mario Paparoni y Serhiy Holoma como parte del macro-proyecto urbanista del Centro Simón Bolívar. Venezuela estaba en su máximo apogeo económico y se hacía claro que pronto podría adquirir el sustantivo de país desarrollado. Era una obra de dimensiones desconocidas que se mantendría como la más grande de Latinoamérica hasta 2003 cuando fue desplazada por la Torre Mayor en México. Finalmente fue inaugurada en 1983 y se convirtió en una de las mejores inversiones de bienes raíces que cualquiera podría soñar. Mi abuelo no perdió la oportunidad de comprar un apartamento, y sin saberlo estaría definiendo dónde daría yo mis primeros pasos hacia la vida adulta. Poco piensa uno todas las aristas de las decisiones que toma.

Los cuentos que había oído decían que solía ser una tacita de plata, que la gente se acercaba a curiosear la magnífica pieza de arte y que nadie aguantaba dos pedidas para visitar uno de los famosos apartamentos «de dos pisos». Sin embargo, mientras hacía la cola del ascensor con mis maletas y el llavero de Corpoven, no podía dejar de impresionarme del descuido de la edificación: los vidrios rotos, el granito partido; era como ver el rostro envejecido de quien alguna vez fue una mujer hermosa. Tampoco podía dejar de preguntarme cuál era la obsesión de los caraqueños por las colas.

Pero sabía que debía conocerlo, era una pieza histórica a pesar de los pesares. Y lo hice, ¡vaya que recorrí  Parque Central! Entre diligencias y vivir el día a día conocí las mil y un caras que el señor Fernández-Shaw soñó cuando esbozó sus planos. Una de mis favoritas fue la visita al piso 36 de la Torre Oeste. En esos días ya la Torre Este se había quemado, así que su gemela estaba atiborrada de cuanta oficina le cupiera: ministerios, oficinas administrativas de gobierno, centros de reuniones rojas rojitas y demás. Afortunadamente para mi yo-cultural, también estaba la oficina del Condominio, que por alguna extrañeza era parte de la administración pública por pertenecer al ya mencionado Centro Simón Bolívar. Lo recuerdo con distinción: fue un diciembre electoral. Se entraba por un sótano de techo bajo, cuyo piso algún día había sido mármol, y al fondo una mesa de recepción de fórmica marrón decorada con salpicaduras de lo que sobró en otros lados, con lo que cada empleado trajo de su casa para darle un semblante festivo; o al menos eso intentaron. Hice la cola y subí los 36 pisos, y antes de entrar a las oficinas me desvié a la derecha para observar la ventana que daba a San Agustín del Sur; pegué la frente y la nariz al vidrio y pude ver por primera vez lo que había detrás de la montaña (más ranchitos, por supuesto), el contraste entre el Jardín Botánico y Hornos de Cal, y hasta la bola Pepsi en Plaza Venezuela a la altura de mis ojos. Era una vista genial. Enderecé la espalda y con la mano izquierda intenté limpiar la grasita que se había pegado al vidrio, y esa imagen, mi mano sobre el vidrio azul y el barrio de fondo, hizo que viera hacia arriba y hacia abajo sin moverme. Había telarañas en el techo y chicles viejos en las esquinas del piso, y entonces me golpeó: esta era la majestuosidad que buscaban los escultores de la obra, era un edificio soberbio y elegante que decía por todos lados la palabra «progreso». Hoy, más bien, guarda un aire más romántico de belleza decadente.

Parque Central era símbolo de una Venezuela que quiso crecer, que se supo capaz de erigir una pieza de arte que expresara las destrezas ingenieriles de nuestra nación, la disposición a invertir porque había petrodólares para hacerlo, un trabajo que inspirara aires de ambición a quienes lo vieran y vivieran. Pero el tiempo le pasó por encima y la desidia se convirtió en su realidad; el ciclo político se ocuparía de otras cosas y la sub-urbe quedaría a merced de los que estuvieran de paso, sucumbiendo inequívocamente a la conocida tragedia de los comunes, pues, lo que es «de todos» termina no siendo de nadie.

Para mí, Parque Central representa muchas cosas: salir de casa, comenzar la universidad, enfrentarme al contraste social que vive en las entrañas de mi América Latina, pero sobre todo representa un testigo fiel de la ligereza que caracteriza a la política venezolana, que sólo piensa en cortar cintas inaugurales sin preguntarse si aquello será sostenible en el tiempo.

Prohibidas las “P”

«El diablo está en los detalles» dicen por ahí, y eso es lo que hace tan complejo al fenómeno de convivir: tiene demasiados detalles. Y no sería tan grave que tuviese tantos detalles si todos los que conviven estuviesen de acuerdo en cómo resolver los detalles, el problema es que rara vez lo están.

Tomemos el caso de los platos en un hogar, mamá quiere que los platos se laven y guarden de una vez; por lo general los hijos quieren dejarlo para luego, para la señora de servicio, para el hada de los platos, qué se yo. La cuestión es que casa a casa se repite el fenómeno ¿quién lava los platos y cuándo? Puede haber un largo período de dimes y diretes pero el problema sólo se puede resolver con acuerdos; y ahí, en el acuerdo es donde está la clave de la convivencia, es el único antídoto a los demonios que emergen de los detalles.

Pues entonces cuando un grupo más grande, como una ciudad, convive no está exento de los mil detalles de la vida en sociedad, con la que tenemos esa relación de amor y odio intenso. Podríamos hablar de los problemas de inseguridad, tránsito o economía, que parecen ser los que saltan a la vista y a los que más gente dedica tiempo, pero creo que esas son consecuencias de obviar los problemas más pequeños, los detalles, que construyen las bases de cómo nos comportamos frente a los otros. Por eso hablaré de un problema simple: la recolección de excrementos de mascotas en espacios públicos….

Ensayo completo:

Prohibidas las P