Petrocaribe 2.0: Socialismo a lo Wall Street sin oposición

El día de ayer el diario –medio amarillista y anticastrista, hay que decirlo– El Nuevo Herlad publicó que Venezuela vendió con descuento parte de su deuda petrolera a Goldman Sachs y aun así el tema del día fue que si a María Corina la acusaron de conspiradora o de intento de magnicidio, aderezado, por supuesto, con frivolidades sobre si las mechas de Lilian están más rubias que de costumbre. *Suspira*

La única respuesta que puedo conseguir es que la dirigencia de oposición es tan miope como analfabeta. A ver: el gobierno bolivariano-socialista-obrero-rojo-rojito tomó una cuenta por cobrar de USD 4.262 millones que República Dominicana, una nación hermana, le debe a Venezuela en el marco del convenio de cooperación energética Petrocaribe, y se la vendió a Goldman Sachs, uno de los mayores grupos de inversión y banca de Wall Street (y del mundo) por USD 1.750 millones (sí, solo 41% del valor de la deuda) ¿y el comentario más inteligente del día lo hizo El Chigüire Bipolar?

Definitivamente no es que el gobierno crea que la oposición sea un club de incapaces, es que está seguro.

¿Cómo funciona Petrocaribe?

El Sr. Bernardo Álvarez, Secretario Ejecutivo del ALBA y Presidente de Petrocaribe, explica con la cara más dura posible que Petrocaribe es una prueba fehaciente de que un camino diferente es posible (diferente del sistema capitalista, por supuesto), y que Venezuela no regala su petróleo en Petrocaribe, sino que “50 % de la factura se paga en 90 días y el otro 50 % representa la factura a largo plazo en unas condiciones financieras muy favorables que Venezuela asume como parte del proceso de integración”.

Cuando se dice “muy favorable” se quiere decir que Venezuela se endeuda en los mercados internacionales a tasas de 6 a 14% y le “presta” a estos países a tasa de 1%. Además, parte de la innovación “favorable” es que la deuda de largo plazo se puede pagar en especies  -por ejemplo, República Dominicana le ha pagado a Venezuela USD 140 millones en caraotas negras. Se supone que ese ahorro deberá ser utilizado para cubrir programas sociales que contribuyan a aliviar la pobreza, lo cual (mágicamente) hará que aumente la productividad de los países caribeños y así puedan pagar la deuda con Venezuela.

El esquema es tan absurdo, que en septiembre de este año el Primer Ministro de Antigua & Barbuda –sí, un país que tiene renos y una piña en su escudo nacional– declaró que el esquema “literalmente está matando el dinero”, y que era preferible llegar a un acuerdo con Maduro para invertir ese dinero,  y luego usar las ganancias financieras para pagarle a Venezuela y financiar programas sociales. O como lo leo yo: el Sr. Gaston Browne entiende más de deuda internacional que la dirigencia de oposición venezolana.

¿Por qué ahora y no antes?

Porque el precio del petróleo ha caído más de 30% de su valor en el último semestre de 2014, por tanto ha caído el flujo de dólares a Venezuela en la misma proporción. Como la política económica del gobierno es acabar con la empresa privada y exprimir a PDVSA, no hay otro mecanismo de obtener divisas para aguantar el patrón de consumo del país que sobrevive de (recortadas) importaciones.

La salida de emergencia es vender activos, financieros (ej.: deuda Petrocaribe) y fijos (ej.: Citgo), para evitar que los niveles de desabastecimiento comiencen a producir hambruna. O como yo lo leo: el gobierno sacrifica la sostenibilidad financiera del país a cambio de unos containers de shampoo brasilero y carne uruguaya, con el apoyo silente de una “oposición” que no alza la voz para reclamar lo importante, sino para participar en las nimiedades que llegan a Trending Topic en Twitter.

¿Sabemos si es cierto?

No. El gobierno no lo ha negado, pero nadie más lo confirma. Creo que solo El Nacional reseñó el anuncio. La mordaza parece estar bien apretada en las mandíbilas de los medios, pero encuentro inaceptable que la gente que se propone como la alternativa omita una discusión como esta.

LA VENTA DE CITGO, PARA QUIEN NO TIENE IDEA

Cualquiera que viva en Venezuela, o siga sus noticias, se habrá dado cuenta de que en estos días parece haber un escándalo por parte de los analistas de fuentes económicas sobre la posible venta de CITGO. Pero la falta de reacción en la “opinión pública”, u opinión en general con respecto a este asunto, me genera angustia y se me hace que solo los que trabajamos en el sector energético estamos haciendo seguimiento al asunto, así que quiero desahogar mi preocupación con ustedes a ver si se las contagio.

Empecemos por el principio: “CITGO Petroleum Corporation” es una empresa filial de PDVSA en EE.UU. que se dedica a la refinación y distribución del petróleo que se produce en Venezuela. Es decir, cuando hablamos de que “los gringos le compran petróleo a Venezuela”, en verdad hablamos –en su mayoría– de petróleo que PDVSA se vende a sí misma para venderles combustible a consumidores finales en los EE.UU.

CITGO tiene participación en seis refinerías en EE. UU.: Lake Charles, en Loisiana; Corpus Christi, en Texas; Lemont, en Illinois, Chalmatte, en Loisiana, Saint Croix, en U.S. Virgin Islands y Sweeny, en Texas. Las tres primeras pertenecen 100 % a PDVSA –a través de CITGO– que suman una capacidad de refinación de 750.000 barriles por día. Las tres segundas son empresas mixtas donde CITGO es socia del 50 % de las acciones; el otro 50 % para cada caso lo poseen los socios ExxonMobil, Hess Corp y ConocoPhillips respectivamente. Juntas agregan una capacidad de refinación que excede el millón de barriles al día (solo contando las acciones de PDVSA).

capacidad de refinacion citgo pdvsa eeuu

 

Además, CITGO posee 48 terminales de distribución en el Sur, Este y Mid-West de los EE. UU., tres oleoductos propios y seis oleoductos en los que tiene participación accionaria. Esa es la manera en la que Venezuela coloca petróleo en el mercado americano, el cual históricamente ha sido el mayor cliente de la empresa nacional venezolana. Aunque esta tendencia haya declinado en los últimos años, aún para 2013 las ventas al mercado estadounidense representaron el mayor ingreso para PDVSA.

Entonces, como podrá ir percibiendo, estimado lector, la venta de CITGO no es cualquier cosa. De hecho, podría uno problematizar al respecto desde varios ángulos. A mí me llaman la atención tres:

1)      Ramírez lo ofrece con desdén

2)      Efecto flujo de caja

3)      Efecto riesgo país

Lo primero es que Rafael Ramírez toma esta decisión sin informarle a nadie. Se está poniendo a la venta un activo de PDVSA, propiedad de todos los venezolanos, sin ningún tipo de consulta. De hecho, la prensa nacional se enteró porque Argus Media, una agencia de investigación y noticias energéticas publicó en su reporte LatAm Energy que el gobierno venezolano había recibido tres ofertas separadas de compra de CITGO a través de Goldman Sachs, JP Morgan y Deutsche Bank. Se vende uno de los activos estratégicos más importantes que tiene Venezuela y aquí no ha pasado nada. Además, lo ofrece con ligereza…  “En el momento en el que tengamos una propuesta que sea conveniente a nuestros intereses, saldremos de CITGO”, ha dicho, estimando que vale “un poco más” de 10.000 millones de dólares. Para colocar una referencia, la deuda que tiene PDVSA hoy en día ronda los 40.000 millones de dólares (y las de la República van por el mismo orden).

Lo segundo es que CITGO es el mecanismo que más divisas le genera a las arcas venezolanas, y demás está decir que es el único esquema sostenible de exportaciones con el que cuenta el país. Se pone a la venta con el cuento del gallo pelón de que lo van a invertir en la Faja para aumentar la producción. Para ilustrar el problema les ofrezco esta joya de gráfico:

metas plan siembra petrolera 2005 2019

Son las promesas que ha hecho el gobierno bolivariano de levantar la producción de petróleo venezolano desde 2005, y que, por supuesto, se siguen haciendo sin éxito alguno. No es por poner en tela de juicio lo que dice el Jeque, ¡perdón!, el ministro Ramírez, pero los números son los números.

Por último, me preocupa con creces que la existencia de CITGO  ha sido harto comentada como la mayor ventaja para la percepción de riesgo sobre el país, lo que afecta sus condiciones financieras en el ámbito internacional. Dado que los activos de CITGO son “embargables”, en el sentido de que no están situados dentro de la frontera venezolana, sirven de garantía a la deuda externa venezolana además de su potencial como productor de petróleo –enfatizo lo de potencial, porque si no se saca no sirve de nada. Tal es así, que en vista del deterioro de las condiciones económicas de Venezuela, pero sobre todo, la posible venta de CITGO, hasta los chinos están empeorando la calificación de riesgo de nuestra patria querida, lo que quiere decir que se encarece nuestra capacidad de endeudamiento externo.

Y ahí, justamente por ahí, parece que vienen las piedras que trae el río. Venezuela enfrenta actualmente un arbitraje (que es como un juicio, pero privado) contra ExxonMobil y ConocoPhillips –sí, los socios de las refinerías que dijimos al principio– en el tribunal de arbitraje del Banco Mundial, CIADI, por un caso de expropiación acá en la Faja. Ayer salió la noticia de que el CIADI ha culminado la fase informativa del caso y que “Se espera que esta instancia de intermediación se pronuncie en forma definitiva por el reclamo de la compañía energética durante el lapso comprendido en los próximos 180 días continuos”.

Es complicado.

Pero así como complicado, es importante, trascendental, para el futuro de Venezuela y parece ser una discusión entre cuatro locos que hablan de petróleo. Mientras tanto, nos hemos distraído con la cortina de humo que supone la bendita tecla del aumento de la gasolina, una cosa que todos sabemos que debe hacerse porque simplemente perdió todo parámetro lógico.

Ya veremos…

Petróleo y Progreso

libro-el-petroleo-como-instrumento-de-progreso-iesa_MLV-F-3887160618_022013Pedro es una de esas personas que la sincronicidad continua trayendo a mi vida. Profe de mi escuela, novio de una amiga, compartimos muchos conocidos y ahora llegó por el petróleo. Es una de esas mentes brillantes jóvenes que además tiene cariño por su país y quiere trabajar por él. Pedro y su papá escribieron un sesudísimo libro sobre el escurridizo mineral que signa nuestra relación Ciudadano-Estado: el petróleo. Bautizado con el nombre Petróleo como instrumento de progreso, el libro merece que cada venezolano se entere de su existencia.

Como sólo un economista puede hacerlo, el libro es una mezcla de clase magistral sobre macroeconomía venezolana con un sueño de país. Los Rodríguez se sentaron a estudiar el petróleo venezolano y con el espíritu más libertario que he leído en la literatura venezolana (corazones para esto) hacen una propuesta de «nueva relación Ciudadano-Estado-Petróleo». Debo aplaudirlos en público por poner algo acerca de petróleo sobre la mesa porque increíblemente tengo semanas yendo a varias librerías sin conseguir un solo libro, literario o narrativo, sobre el petróleo venezolano.

Los autores le ponen el cascabel al gato para explicar sin moralismos por qué el Estado venezolano ha podido confeccionar una economía hecha a su medida a costa del bienestar individual de sus ciudadanos: todo se centra en el rentismo discrecional, como lo llaman, harto conocido en la jerga periodística venezolana como el «uso discrecional de la renta». Desde siempre – y por siempre me refiero de Gómez para acá- el gobierno ha sido el único venezolano tomador de decisiones sobre el porvenir del fabuloso recurso, atando así nuestra visión sobre el petróleo al horizonte temporal de los políticos: la próxima elección. Esto moldea las instituciones, Ministerio de Energía y PDVSA, a centrarse en ordeñar a la industria petrolera para poder hacer y deshacer con el gasto público (programas y sueldos de empleados públicos), y nos olvidamos de la cara productiva de la industria petrolera, considerada por cierto como una de las más sofisticadas del mundo –a la par de software y comunicaciones.

Los Rodríguez narran la dinámica en detalle y resaltan los aspectos nocivos para el desarrollo que ello conlleva. Por ejemplo, el estancamiento en nuestra producción petrolera por más de 40 años que nos ha hecho perder la oportunidad de (1) obtener mayores rentas durante los períodos de precios altos, (2) compensar los ingresos fiscales (con mayor volumen) en épocas de precios bajos y (3) aprovechar la palanca petrolera para el desarrollo de industrias conexas como la petroquímica, refinación y de servicios conexos que impulsaran el desarrollo económico de Venezuela generando empleo y crecimiento económico. Lo que más me gustó sin duda alguna fue lo siguiente: «es imprescindible limitar la discrecionalidad del gobierno de turno… [para evitar] la concentración de poder político que inevitablemente conduce a dos secuelas: (1) restricciones a la libertad individual, tanto en el ámbito político como económico y (2) un aumento de la corrupción y la búsqueda de rentas». No es que los venezolanos seamos particularmente improductivos o corruptos, es que mientras mantengamos inmaculada la relación petróleo-Estado-ciudadano como la conocemos, la economía política profundizará estos vicios porque así lo inducen los incentivos económicos. No importa el cambio de gobierno, si es verde, blanco, rojo o amarillo, todos son vulnerables a los tentáculos del poder de la renta sin controles.

Los Rodríguez se aventuran a hacer una propuesta de reforma que no les voy a contar para que busquen el libro y se lo lean. Lo cierto es que para hacerlo están dadas las herramientas técnicas, lo que se necesita es un cambio de pensamiento y voluntad política de conceso que trascienda las divisiones politiqueras que acompañan a la noticia y al día a día.

 

Publicado en: http://erikatipoweb.com/actualidad/petroleo-y-progreso/

Venezuela, donde la pobreza camina por encima de la riqueza

ImageUn ensayo para mi Cátedra de Pobreza en América Latina

Hace cien años Venezuela se casó con el petróleo, y digo se casó tal y como dice el ritual: tanto en la prosperidad como en la adversidad, en salud y en enfermedad… Eso fue lo que nos vendieron pero no fue así, el matrimonio no fue entre de Venezuela y el petróleo sino entre el Estado venezolano con este último, y ello ha traído consecuencias muy serias para la vida nacional con implicaciones concretas para el problema de la pobreza en los venezolanos. El Estado, no los venezolanos, se convirtió en el mayor productor del país y en consecuencia construyó una institucionalidad que capturó la economía del país para sí.

Venezuela –hablando como los positivistas- se casó jovencita, una muchacha, adolescente quizás. Un país pre-capitalista, palúdico y altamente empobrecido; nada distinto de lo que pudiese ser hoy Sierra Leona o Costa de Marfil. Era un país con una población menguada, sencilla y campesina pre-industrializada, en el que los particulares tenían modestas fincas que producían café, cacao y cosas por el estilo. Aunque cueste creerlo, en esa Venezuela, desagregada y minada por caudillos regionales el gobierno central tenía un rol secundario y se financiaba básicamente de las aduanas ya que era la única alcabala organizada que podía tributar. Era un Estado liberal y en un contexto mundial en el que la pobreza era un fenómeno casi natural, los venezolanos eran pobres y el Estado no tenía por qué hacer nada al respecto; nadie tenía la expectativa de «acabar con la pobreza».

Un buen día reventó el Pozo Los Barrosos y vino a cambiar las pretensiones del Estado venezolano. De una u otra manera el Estado se dio cuenta de que estaba parado sobre una riqueza potencial importante y que, dada su naturaleza sofisticada y de explotación muy localizada, podía ser monopolizada por él. Y así fue, el Estado se fue adueñando poco a poco de las rentas que generaba el petróleo, y siendo su principal fuente de ingresos diseñó un marco regulatorio que poco a poco, con mayor o menor forcejeo en algunos momentos, hizo de la economía venezolana suya; esbozada para servir al Estado, representado en sus gobiernos. Los venezolanos en consecuencia no tendrían otro rol que el de ser empleados del gran Estado capitalista, entendiéndolo como el único inversor de envergadura; sí, es verdad, se dejaría espacio para uno que otro privado con pretensiones de empresario, principalmente en Caracas y un poco del centro del país, pero siempre todos viviendo en, del, por y para el Estado. Nunca alcanzó Venezuela un nivel de productividad suficientemente alto en ningún rubro como para convertirse en un jugador importante en el mercado internacional, sólo en energía –actividad que el Estado se reserva como exclusiva.

Sin importar el color de la corbata del gobierno, tanto blancos como verdes, y más tarde los rojos, se empeñaron en universalizar el voto y entonces entró el Estado en el juego de conquistar a  las masas, que cuando llegó la democracia a Venezuela eran mayoritariamente pobres. Aquí se generó una dinámica que algunos catalogan de maldición de los recursos por ponerle algún nombre macabro: el Estado vende petróleo afuera y cobra en votos adentro ¿Y cómo funciona esa alquimia? Sencillo, los petrodólares se convierten a bolívares –a conveniencia del Estado- y se reparte la renta petrolera por medio de servicios y privilegios, llámese hospitales que sólo funcionan durante las campañas, asfaltado en tiempos de elecciones, programas, obras, misiones; dicha distribución generaba capital político, que a su vez se traducía en votos para el período siguiente. El oportunismo discrecional de (todos) los gobiernos, y su entendimiento de la pobreza como una línea de ingresos ha hecho que la respuesta al problema sea por consumo y no por capacidades que permitan a los ciudadanos generar ingresos propios de manera sostenible. Y como el Estado se casó con la renta petrolera y castró a la economía privada esa capacidad de distribuir para afectar las líneas de pobreza y pobreza extrema dependieron, entonces, de la volatilidad del precio del barril.

Es esta visión clientelar de la prestación de los servicios del Estado que llevó a la politización de los servicios «públicos», y en consecuencia, a su estancamiento en temas de calidad. Tomemos el ejemplo de la educación. Los años de escolaridad en Venezuela son el mayor determinante del nivel de ingresos, además que tiene retornos crecientes a escala, es decir, más años de escolaridad implican un aumento más que proporcional en los ingresos de la persona, especialmente el sector universitario ¿Y qué nos dice esto? Que la economía valora a los profesionales, algo característico de ser una economía de empleados y no de emprendedores. Además habla de que no hay una respuesta real del Estado que se comprometa a garantizar una formación de capital humano relativamente homogéneo para su población, una que permita luego la competencia en el mercado laboral. No, las escuelas públicas responden al propagandismo, la escuela está abierta pero la calidad es muy precaria y eso se refleja en altos niveles de deserción y bajos retornos a los egresados del sistema que tienen pocos años de escolaridad. La educación en Venezuela está profundamente estratificada y reproduce la estructura de la pobreza, porque no representa una herramienta para apalancar la productividad de los ciudadanos, y los salarios y la precariedad de los empleos da testimonio sobre ello. Para continuar con el ejemplo de la captación de rentas en forma de privilegios veamos cómo las universidades, los inventores de la Política en la Venezuela moderna, se hacen con la mayor porción del presupuesto destinado a educación, castigando a las escuelas primarias y sobre todo a la educación media. Para ilustrar el argumento tomemos las cifras del análisis de Presupuesto Nacional que hizo Transparencia Venezuela para el 2013: el gasto en educación integral per cápita, que contempla los niveles inicial, primario, medio y especial, es aproximadamente de Bs. Bs. 6134 al año (tomando el gasto en educación integral y dividiéndolo entre el número de inscritos en ella), mientras que el gasto per cápita en educación superior es de Bs. 142.567 anuales ¿Captura o no el sector universitario un privilegio monetario que genera un sub-óptimo para la sociedad? Es claro que con el primer gasto no podría pagarse una educación de calidad para cada estudiante de educación integral, lo que ha hecho que cada vez más el sector privado ofrezca una respuesta competitiva a las demandas de educación. Y  son los sectores de mayores ingresos los que pueden pagar una mejor educación para sus hijos, y eso afinca las brechas entre los estratos. Al final, eso se traduce en que el beneficio del subsidio desproporcionado a educación superior lo gozan en mayor proporción los sectores de ingresos altos ya que la calidad de su educación integral les hace destacarse en la universidad.

Entonces, por supuesto que la pobreza en Venezuela es un tema de ingresos, porque es un problema distributivo de la renta que captura el Estado y no depende de la productividad de los ciudadanos, todo apunta hacia ello. Y como la capacidad distributiva del Estado depende de su nivel de ingresos entonces la pobreza en Venezuela es una variable con alta correlación y en sentido inverso de los precios del petróleo: sube el precio del petróleo, baja la pobreza en Venezuela; baja el precio del petróleo, sube la pobreza en Venezuela. Y ello porque el gobierno de turno nunca tiene incentivos para democratizar el conocimiento sobre cómo se maneja la renta petrolera, sino mas bien a mantener el tema en la penumbra. Por ahora, esa renta petrolera mantiene los ingresos medios del país por encima de la línea de pobreza y se puede aseverar que la pobreza se solucionaría con un mejor sistema de distribución, el problema está en que eso es cierto mientras se mantenga el precio del barril, porque por si fuera poco, Venezuela no tiene capacidad instalada para aumentar su producción en caso de una caída de precios que compense una posible caída en los precios del crudo.

Además esta dinámica de ingresos exógenos a la economía Venezolana, específicamente hablando de los petrodólares, generan presiones inflacionarias constantemente y dado que el Banco Central no es autónomo no maneja una política monetaria independiente, entonces tenemos una inflación incesante, producto de una economía inflada por los precios pero que, por no haber una política que permita que aumente la productividad, condena a los ciudadanos a empobrecerse en términos reales. Y la productividad no crece porque el Estado, como se dijo al principio, tiene la economía capturada para sí: el Estado venezolano no cree, y nunca ha creído, en el mercado sino en la economía dirigida… antes lo llamaban desarrollismo, fomento, ahora economía planificada. El Estado regula –y siempre, desde el Convenio Tinoco en 1934, ha regulado- el tipo de cambio para mantenerlo apreciado (consecuencia del precio real del petróleo), regula las tasas de interés, compite deslealmente en la captación de fondos para financiamiento, regula precios, brinda protección. No hay convicción de mercado en Venezuela y nunca la ha habido, y la historia económica del mundo ha demostrado que sólo en el mercado crece la producción. Con producción es que salen las sociedades de la pobreza de manera sostenible.

Y no es que yo crea que Venezuela esté condenada a la pobreza, pero mientras continúe el desentendimiento de la importancia del petróleo en nuestra economía y en nuestra política, mientras el manejo de la renta se mantenga opaco y además en manos de los políticos de turno (y no de manera independiente), mientras el Estado continúe capturando la economía para sí a través de la regulación el problema de la pobreza en Venezuela será de distribución, al servicio de construir capital político, cosa que además se exacerba en un contexto de reelecciones indefinidas. Mientras no haya convicción de mercado entre los venezolanos la pobreza seguirá caminando por encima de la riqueza que le subyace; continuaremos observando una sociedad estratificada, con una permeabilidad social que dependerá del precio del petróleo y la capacidad del gobierno de mover las líneas de pobreza a su antojo.