Cuando no escribo

«Cuando no escribo, el mundo se me hace blando»

Esas palabras siguen retumbando en mi cabeza desde que se las escuché a Leila Guerriero en una de estas charlas bohemias que organiza Lugar Común. Retumban porque he dejado de escribir, o al menos de escribir por gusto y no por trabajo.

Escribir es una enfermedad compulsiva, creo, un hábito que se te enraíza porque ayuda conseguir puntos firmes en el terreno movedizo de lo incierto; en parte, creo, porque los escritores sobre-pensamos todo. Quizás sea la misma costumbre de hacer gimnasia con las ideas para descifrar cuál es su mejor ángulo, o porque somos gente obsesiva con el detalle, y la escritura nos obliga a ponerle nombre y apellido a los sentimientos y sensaciones que nos abaten y rodean. No escribir, o no escribir de lo que alegra o agobia, desdibuja las líneas entre lo incuestionable y lo desconocido.

Pero ahí sigue el cursor, titilando monótonamente en medio de ese lienzo banco que es mi pantalla. Con los ojos fijos sobre su perturbadora indiferencia, lo escucho en mi cabeza como si fuera el segundero de un reloj victoriano. Retumba hasta que se hace ensordecedor y ya no puedo seguirlo escuchando. Debe irse, ya lidiaré con él en otro momento.

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